Viajar a El Tercer País

Bajar a los infiernos nunca ha sido fácil. Tal vez por eso la gran literatura se ha empeñado durante siglos en tratar de contar ese viaje singular del hombre. De Homero a Dante pasando por Quevedo, Goethe, Conrad, Celine o Juan Rulfo, la recreación del inframundo ya sea literal, estructural, simbólica o interior, es un reto literario renovado.

Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) se une a ese exclusivo grupo de escritores valientes con su segunda novela, editada por Lumen, que acaba de llegar a las librerías: El Tercer País, un personal descenso a los infiernos de la mano de un Virgilio que en esta historia es una mujer. La novela abarca un territorio árido y fronterizo, imaginario, entre la sierra Oriental y Occidental, centrando la historia en una ciudad llamada Mezquide que se extiende en dos direcciones: hacia abajo, desoladora, horadada de muertos y hacia arriba peligrosa, poblada de guerrilleros, caciques, narcos, pasadores de inmigrantes y otras mafias. Afirma Karina que “quien me haya leído será capaz de oler el dolor profundo que puede llegar a tener una geografía. Creo que la geografía concreta de las fronteras donde la gente se vuelve loca es extrapolable. Lo descifrable viene dado por la situación actual.”

Ese es el territorio elegido por la escritora para contar la historia de dos mujeres que no es una historia de valentías, sino de fortalezas, donde el argumento es la vida y su vulnerabilidad, algo que los que poblamos esta parte privilegiada del mundo próspero y en paz habíamos llegado a olvidar hasta que la naturaleza se ha encargado de recordárnoslo de nuevo con su implacable zarpazo.

El Tercer País muestra, descarnado, un mundo literario que no aspira a complacer a nadie, sino a contar una verdad profunda: “Yo conocí los lugares y el tiempo de la novela”, afirma la autora. “Conocí a esas mujeres fuertes que defienden con uñas y dientes un trozo de tierra para entregar a sus muertos; caminé por esos cementerios; conozco la tierra árida, cruel, que siempre se da en la frontera; en todas las fronteras”.

Esa realidad dura y americana, geográfica y social vivida por Karina en su Venezuela natal, queda diluida como un azucarillo en la sangre caliente de una escritora que se inyecta literatura en vena: “Entiendo la escritura como un magma donde se fusionan las inquietudes intelectuales y las realidades emocionales; las conscientes, manejadas como herramientas de escritura, y las inconscientes, que son las que pueblan la escritura de veracidad. Pero creo que toda novela necesita de un mástil donde amarrarse cuando baten las olas. El mío en El Tercer País ha sido la lectura de los clásicos y entre todos, la referencia, la estrella Polar en esta navegación, fue el mito de Antígona. Lo he leído, estudiado, trabajado en todas las versiones que he podido encontrar, de los griegos a Hölderlin, pasando por Bergamín, Félix de Azúa o Steiner”.

Las mujeres

“Leyendo la Antígona de Bergamín descubrí que había un punto de vista político que era el que podía vertebrar mis vivencias, mis emociones. Así nació, con solidez, la idea de estas enterradoras: las nuevas Antígonas de El Tercer País. Digamos que la realidad que yo conocí no tuvo voz propia hasta que no la nombré con el drama griego. Yo no podía saber que esas mujeres eran Antígonas hasta que no leí a Sófocles”, cuenta la autora.

Angustias, una madre que pierde a sus hijos y camina en mitad de una singular pandemia por un territorio hostil buscando un trozo de tierra donde poder concederles el descanso, y Visitación, la enterradora que reina en el cementerio llamado El Tercer País, son los personajes de esa tragedia clásica, y como ocurre con los personajes griegos, tampoco éstas son inmutables. Evolucionan a lo largo de la novela: “Yo diría que, a partir de su encuentro, se transforman la una a la otra, pero la que cambia realmente es la madre de los niños. Comienza siendo una mujer apocada, afligida por la pérdida, débil, y termina convertida casi en una guerrera. Le pasa lo que al héroe: se vuelve del tamaño del reto que tiene que afrontar”, reflexiona la escritora venezolana.

La hija de la española

En 2019, la editorial Lumen publicó La hija de la española. Era la primera novela de Karina Sainz Borgo, pero pronto se convirtió en un auténtico terremoto editorial con epicentro en la Feria de Frankfurt, donde, antes de llegar a las librerías, ya se había contratado para ser traducida en más de veinte países. Esta novela reveló al mundo una narradora de territorio propio, valiente y talentosa, que tomaba una clara postura ante el desastre político de su Venezuela natal: “No entiendo la novela vaciada de política”, afirma. “De la misma forma en que siento un rechazo manifiesto por el parvulario ideológico metido a la fuerza en la ficción. ¿Puede existir algo tan político como la naturaleza humana? El hombre ha de existir en compañía y en conflicto con los demás”.

Sin embargo, Karina traza con claridad una clara frontera entre aquella novela y El Tercer País, y si bien la semejanza de lo telúrico es inevitable, encarnada en una imagen común que no es otra que la de esas “mujeres que rastrillan la tierra hasta hacerla sangrar”, la autora se muestra firme al acentuar las diferencias: “Aquella Adelaida de La hija de la española era pura catarsis. Esta Angustias de El Tercer País es una mujer rota por el dolor de haber perdido a sus hijos; una mujer que se gana su nombre a pulso. Ella va buscando a una enterradora que pueda dar descanso en la tierra a sus pequeños bebés muertos. Y la encuentra en Visitación, que es un personaje potente, telúrico, fuerte. Ella es la verdadera Antígona donde se aúnan la muerte y a la vida, Eros y Thanatos”.

Aquella primera mujer creada por Karina simbolizaba la culpa de sobrevivir, mientras que los personajes de este singular paíspersiguen, de alguna u otra manera, la redención. Sea como fuere, lo innegable es que Karina Sainz Borgo es capaz de construir mucha belleza contando algo tan difícil como es el acto ancestral y terrible de buscar la paz del cuerpo amado en una tierra ensangrentada.

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