Rosa Montero: “Hasta en la vida más feliz hay suficiente dolor para escribirse veintisiete quijotes”

Luis M. Carceller / Fotografías de Nano Cañas

El último libro de Rosa Montero (Madrid, 1951) tiene una de esas frases iniciales que seducen al lector para el resto de sus páginas: “Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza”. A partir de ahí, traza un ensayo con breves e intrigantes dosis de ficción sobre la relación entre los trastornos mentales y la creatividad, una historia que viene de antiguo, apasionada y apasionante, eufórica en ocasiones; triste en otras. Así es El peligro de estar cuerda (Seix Barral), un intenso retrato de esta relación a través de fuentes literarias y científicas, en las que Rosa Montero visita historias ajenas y deslumbra con las propias. 

¿Qué relación hay entre creatividad y locura?

—He intentado escribir el libro para explicarla y creo que además he llegado a entenderla. Es una viejísima relación que se ha pensado desde el principio de los tiempos. Ya Aristóteles decía que había una relación entre la gente que hacía obras y la gente que tenía exceso de bilis negra, porque en aquella época se consideraba que la locura un exceso de bilis negra. Todos los expertos coinciden en señalar que lo que llamamos locura, mal llamada, por cierto, pues son trastornos graves psíquicos, no ayudan a la creación. Al contrario, te silencian. Hay miles de muestras de algunos creadores que se han pasado al trastorno psíquico grave y que se han callado, como Hölderlin o Schumann, han perdido realmente el contacto con la realidad. Lo que sí creo es que nuestros cerebros son primos hermanos. Eric Kandel, Premio Nobel de Medicina, dice que en realidad todos los trastornos mentales son al parecer una falla en el cableado neuronal, en lo que une los impulsos de comunicación entre las neuronas. Hay una hiperexcitación de estímulos o una falta de estímulos o hay simplemente estímulos que no circulan bien. Eso pasa también a los cerebros de los creadores, que son cerebros neurológicamente un poco distintos. Somos un montón, calculo un quince por ciento en la población. Quizá lo único que nos diferencia de los que tienen un trastorno mental verdaderamente grave es una cuestión cuantitativa, no cualitativa. 

—Obsesivos, perfeccionistas, inmaduros, inseguros, nerviosos. La descripción que hace de los artistas a través de su mente es dura… 

—Es muy dura, pero maravillosa, como la frase de Marcel Proust, que dice que la lamentable y magnífica familia de los nerviosos es la sal de la tierra. Todos los grandes hechos de la Historia están llevados a cabo por un nervioso, por algún integrante de esta familia. Así que las cosas buenas hay que pagarlas.

—¿Es tan terrible tener el don de la creatividad?

—No, no es tan terrible. Al contrario. Y de hecho el libro es una loa al don de la creatividad en el sentido de que es el que te salva, te permite vivir. Al final dices qué maravilla, a pesar de todo, la creatividad que te hace vivir una vida con mucha más intensidad.

—¿Y no cree que hay un cierto prestigio de la locura dentro del mundo de la creación?

—No. La verdad es que no hay ningún prestigio. La locura es una cosa terrorífica. Lo que llamamos locura es el dolor mayor. No creo que haya sufrimiento mayor que el sufrimiento psíquico. Nadie que tiene trastornos mentales los escogeríamos de motu propio. 

—Pero hay escritores incluso que parece que se burlan un poco sobre la locura y la cordura, como la frase famosa de Poe que cita de “me volví loco con largos intervalos de horrible cordura”.

—No se burlan. Es una frase terrorífica que demuestra un sufrimiento atroz. O sea, se volvió loco y esos momentos de espantosa cordura eran cuando veía el desbarate de su vida, cuando era capaz de ser consciente del horror de su vida. Esta es una frase que revela una desesperación tremenda.

—¿No hay algunos autores que incluso ven que esos problemas mentales les permiten llegar a unos mundos que cuando les tratan de curar se los coartan?

—Eso es verdad y pasa, la intensidad de la percepción de la vida que te fomenta el trastorno mental. Como dice John Nash, ese matemático extraordinario que ganó un premio Nobel y que estuvo treinta años con delirios y encerrado, pero consiguió por fin quitárselos o controlarlos o domarlos y cuando le dieron el premio escribió una memoria en la que cuenta que ‘estuve muchos años, varias décadas sumido en los delirios y parece que ahora los he controlado y he vuelto a la razón, que es la razón científica’. Ha vuelto otra vez al mundo de la razón y, dice, pero de todas maneras esto no es todo ganancia, no es todo felicidad, como sería en el caso de cualquier otra enfermedad. Por ejemplo, si tienes una hepatitis y te curas, todo es ganancia y en este caso, no. ¿Por qué? Porque esos delirios te dan una intensidad en la percepción del mundo brutal. Entonces él prefería estar cuerdo y de este lado, solo que echaba de menos esa intensidad.

—¿Y cuál es el peligro de estar cuerda, como titula el libro?

—El peligro de estar cuerdo es, como decía Edgar Allan Poe, estar con toda esa falta de credibilidad de la realidad. Porque mi teoría es que estas personas que tenemos esta tormenta de imaginaciones en la cabeza y estas desconexiones parciales, y más cosas que nos suceden, tenemos una percepción de la realidad que es muy poco segura, la realidad no nos parece muy fiable. Lo que intentamos con nuestra obra es paliar la oscuridad que se agazapa detrás de ese espejismo de lo real. Si pierdes eso, solamente te queda el agujero, que es lo que le pasaba a Poe, esa realidad que veía cuando estaba cuerdo le hacía la vida insoportable.

—¿Por eso es mejor la ficción?

—Es la creación. Nos ayuda a los que creamos y también a los que la consumimos. A mí me ayuda también leer y me ayuda la música, el teatro y ver cosas bellas. Realmente esa búsqueda de la belleza, del orden y del sentido que subyace detrás de toda obra de arte nos ayuda a todos. Como decía Fernando Pessoa, la existencia misma de la literatura es la prueba inequívoca de que la vida no nos basta. Por eso necesitamos, no digo ya escribir y crear, sino también leer o ir al cine. La búsqueda de la belleza es esencial para el ser humano.

—Los escritores muchas veces son especialmente sensibles a estos problemas. ¿La escritura salva de este infierno?

—Muchísimo. A Janet Frame le salva literalmente de un montón de cosas [evitó una lobotomía inminente cuando los médicos supieron que había obtenido un premio literario]. A mí, por ejemplo. Yo dejé de tener ataques de pánico cuando empecé a publicar de manera continuada. Estoy convencida de que está relacionado. Necesitas escribir y publicar. Necesitas que esa especie de delirios controlados que son tu obra, alguien del exterior los lea y te diga ‘yo esto lo siento también, a mí también me habla’. Todo arte es comunicación y ese lector o ese que escucha tu música te une al mundo. La locura te saca del mundo, es una ruptura de la narración colectiva y te quedas completamente aislado. Si tu interior más profundo lo pones ahí y desde el otro lado te lo cogen, te dan la mano y dicen ‘sí, te entiendo’, esto te cose al mundo, te permite sobrevivir en este espejismo de la realidad.

—Muchos escritores han contado sus experiencias de una manera bastante cruda mientras que usted dice que no le gusta escribir libros autobiográficos. ¿Por qué?

—Mis novelas no tienen absolutamente nada de autobiográfico. Hay otras que lo son y algunas son novelas muy buenas. Por ejemplo, El corazón de las tinieblas de Conrad, que es un libro increíble y cuenta la historia del autor en el Congo, punto por punto, salvo el final. A mí me gusta, al contrario, hacer un viaje a los otros y poner vidas que no tienen nada que ver con la mía. Y luego tengo tres libros muy raros, inclasificables, que son en parte ficción, en parte ensayo, que son La loca de la casa, La ridícula idea de no volver a verte y este. Es otro tipo de libros. libros mutantes. Ahí hablo algo de mi vida, pero de otra manera. Por ejemplo, este libro para mí no es en absoluto un libro testimonial.

—Pero cuenta muchas cosas de su vida…

—Sí, cuenta muchas cosas, pero lo que cuento es una especie de análisis. Yo lo que estoy intentando en el libro, y lo digo ahí, es como una búsqueda de Sherlock Holmes. Estoy haciendo una investigación, montando un puzle para intentar entender todo eso, que son cosas que me han interesado desde mi infancia, porque desde mi infancia me he sentido rara y he sentido este chisporroteo de imaginaciones en la cabeza. Para intentar entender todo eso tienes una serie de fuentes, neurólogos, psicólogos, psiquiatras, y lees a otros autores y también biografías. Pero otra fuente es la introspección, el propio análisis del funcionamiento de tu cabeza. Cuando cuento las cosas que me pasan lo estoy haciendo de una manera casi clínica, en el sentido que yo me siento como mi escarabajo de observación. Soy un coleóptero que otra parte de mí analiza. Cuando digo una cosa y pongo un ejemplo mío busco los ejemplos de otros que lo corroboran. O sea, estoy haciendo un análisis general de esos cerebros.

—Hay otra fase que dice en el libro: ‘del dolor de perder nace la obra’. ¿Ha tenido usted mucho dolor?

—Pero si es que en la vida más feliz hay mucho dolor. Hasta en la vida más feliz hay suficiente dolor para escribirse veintisiete quijotes. En ese sentido la vida es ubérrima, no hace falta más que vivir. Vivir es ir perdiendo; el tiempo es un ladrón; lo que el tiempo nos hace, el tiempo nos deshace, porque vamos perdiendo cosas, gente, amigos, nuestra propia pasado, nuestras posibilidades de futuro. Nos vamos quedando encerrados en un pequeño habitáculo que es nuestra vida. Cuando venimos al mundo tenemos todas las posibilidades y luego hasta la vida más grande es mucho más pequeña de lo que pudo ser. Así que vivir es perderse y de ese dolor de perder y camino a la pérdida final, que es la muerte, que es inadmisible, impensable, de ese dolor inmenso nacen todas las obras.

—Al leer el libro da la sensación de estar en una especie de montaña rusa, que hay momentos de euforia, pero luego otros, cuando habla, por ejemplo, de Sylvia Plath o Doris Lessing, son bastante duros y un poco tristes.

—Sí, está todo. Hay un momento en que baja cuando hablo de la vejez y el paso del tiempo. Pero luego, inmediatamente después, en el siguiente capítulo digo ‘venga hombre, no te pongas así’. Yo creo que este libro también me ha dado un sosiego. Es un libro que ha sido muy útil para mí en la búsqueda del sosiego ante el miedo a la muerte. Me lo ha dado una especie de ritmo interno en la vida.

—¿Por qué ahora es el momento de escribir este libro cuando son temas que ha tocado en su obra muchas veces?

—Toda la vida, pero a lo mejor porque ya estaba madura para poder hacerlo.  Es un libro de completa madurez y por eso yo lo siento como el libro de mi vida, porque he dado respuesta por fin, una respuesta válida suficiente para mí, a unos temas abiertos que he ido rumiando toda mi vida. De repente he conseguido articular una respuesta suficiente.

—¿Al fin se ha encontrado con su edad, que dice en el libro que le cuesta mucho?

—No, para nada. Cero. Hablo de madurez existencial por dentro de la cabeza y literaria, pero encontrarse con la edad no, es imposible. Es lo que decía Oscar Wilde, lo peor no es envejecer, lo peor es que no se envejece, nunca te haces cargo de quién eres y de lo que eres y te quedas ahí colgado en lo que fuiste.

—¿Cree que ha cambiado el confinamiento y la pandemia la percepción de la sociedad y la suya sobre la salud mental?

—Ha cambiado muchísimas cosas, incluso que todavía no sabemos. Una cosa que ha cambiado y que está relacionada con este libro, de las pocas cosas buenas que ha traído, es que ha quitado la tapa del tabú de hablar de los problemas mentales, porque antes estaban completamente taponados y no se hablaba. Yo llevo hablando de esto y escribiendo en pro de quitar el estigma años, décadas. Pero antes era como predicar en el desierto y ahora de repente, como ha empeorado tanto la salud mental en todo el mundo por la pandemia, esa presión ha hecho saltar la tapa y está empezando a haber una cierta normalización en que la gente habla. Eso es muy bueno.

“Este libro me ha sido muy útil en la búsqueda del sosiego ante el miedo a la muerte”

—¿Por qué escribe?

Es mi manera de vivir, mi manera de poder levantarme cada día de la cama, quiero decir, no de vivir económicamente. Es mi manera de poder vivir. Sin escritura no puedo. Es otra de las teorías que tengo en el libro, que vivimos vicariamente de alguna manera, es decir que necesitamos crear esas historias para poder sentir la vida de alguna forma.

—¿Y esa expresión que utiliza del yonqui de la intensidad?

—Esa es otra teoría mía y estoy segura de que es así. Somos yonquis de la intensidad, porque como tenemos esa percepción de la negrura que se agolpa detrás de este espejismo más aguda que la que tiene la media necesitamos todo el rato poner luz para que esa oscuridad no gane, no venza. Estamos ahí en la percepción de estar al borde del tobogán y de la caída. Entonces todo el rato estamos pedaleando, como la dinamo de las bicicletas, para que la luz no se apague, porque si se apaga la luz… Por eso hay tantos suicidas también en el mundo de los escritores; si se apaga la luz, llega la muerte.

—¿Y como lectora busca también este tipo de libros?

—Yo creo que todos somos así, unos de una manera y otros de otra, pero todos de alguna manera buscamos la intensidad. Luego yo no sé qué lectores te gustan, quizá los que son más parecidos a los libros que escribes, porque tú quieres escribir los libros que te gustaría leer, o sea que escribes para el lector que llevas dentro. De alguna manera los escritores que más te gustan son los que tienen una visión básica del mundo un poco parecida a la tuya.

—Habla de una literatura de la normalidad y de la literatura de la extrañeza. ¿Por cuál apuesta?

—Esta fue una especie de epifanía que tuve. Se puede dividir a los escritores en muchas cosas. Pero de repente pensé, bueno, podría ser uno de los escritores que intentan describir; no voy a hablar de realismo, porque para mí el realismo también incluye las fantasías y los delirios, pero sí los que intentan describir o retratar la vida mayoritaria. Y luego hay otros escritores que hablan de personajes y de situaciones anómalas y gente más extravagante. Y de repente yo me paré a pensar en mis personajes y son todos súper extravagantes. Sin embargo, esto me ilusionó, la gente se identifica con ellos, con lo cual esto indica que he sido capaz de bajar, a través de esos personajes estrafalarios, hasta ese fondo común que tenemos todos. 

—¿Y cree que entre los lectores también hay un quince por ciento de ‘raros’?

—Mucho más, muchísimo más. Mucha gente se va a sentir identificada con este libro. Entre la gente que es apasionada lectora hay muchos de esos cerebros raros. O sea, creo que a lo mejor entre los lectores apasionados a lo mejor hay un noventa por ciento. Si son apasionados por la lectura es porque están más cerca del agujero y necesitan poner un puente de palabras sobre esa intuición del agujero de la vida.

—¿Lo raro es ser normal?

—Ser normal es inexistente. Y lo dice un estudio de la Universidad de Yale, que lo que se entiende por normal no es nada más que una media estadística. Nadie atina en esa media en todos los parámetros. O sea, que todos somos divergentes en uno u en otro, algunos más y otros menos. Lo verdaderamente normal es ser raro, eso es lo más común. 

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