Renacimiento, la editorial de cabecera

Podría escribir los versos más tristes esta noche, pero para qué si, además de no cogerle el tranquillo a las sinalefas, entrevistar a Abelardo Linares es una razón para la alegría. Linares fundó Renacimiento en los ochenta, esa década, la Studio 54 de la nueva España, que recuerda solo quien no estuvo en ella. En el fragor del cambio este editor sevillano apostó por la literatura de toda la vida, por la métrica de la abuela, por la estrofa buena. Y le salió al dente.

Atemporalidad y vigencia reza en el frontispicio de la declaración de intenciones de la editorial de los tres sellos (Renacimiento, Espuela de Plata y Ulises) para aviso de lectores de cualquier género, pues en todos cucharea y en todos deja su hierro. Novela, poesía, crítica, ensayo, aforismos y epistolarios constituyen el soporte temático de una firma que ha editado más de 2.000 títulos desde que concibió en imprenta un libro de Juan Luis Panero.

La actividad de Renacimiento es, por frenética, la del carrilero del Madrid. La editorial, que genera una docena de empleos fijos, publica en torno a 200 títulos por año. Dicho de otro modo, de cada millar de títulos que salen a la luz en España tres nacen en sus manos. Y no son partos cualesquiera: las memorias de Pérez Galdós, la antología de Francisco Brines o la biblioteca de escritores exiliados tras la Guerra Civil, aquel pimpampum nefasto para las letras. 

Cada uno de los sellos de la editorial tiene su cometido. Renacimiento, la viga maestra, se estructura en tres grupos (poesía y teatro, narrativa y ensayo, historia y memorias), mientras que Espuela de Plata centra su edición preferentemente en autores hispanoamericanos, en tanto que Ulises se encarga de ofrecer libros recientemente clásicos (siglo XIX y XX) o contemporáneos siempre que lleven adherido el distintivo de imperecederos. 

Linares se dedica también a la arqueología literaria. Lo mismo rescata a un autor del pasado que recupera a una escritora infravalorada (Salieri sin culpa). O publica las líneas rectas de Chaves Nogales. Lo que no edita es literatura de sobre de azúcar, frases de melaza, esto es, a Coelho. Es la suya una actitud altruista. Lo hace para evitar secuelas en el lector inadvertido: “El señor que se acerca a escritores malos corre un riesgo inmenso de volverse cursi”. 

Pero ¿cómo sabe Abelardo Linares que son malos sin darles una oportunidad? El editor andaluz se las da a su manera. Su truco consiste en convertir el libro en abanico antes de hincarle el iris: “Soy muy partidario de hojear. He hojeado más que leído. Picoteo en las páginas. La virtud de hojear es que uno se libra de leer libros malos”. Él, que solo lee los buenos, propone, empero, no ser lector de un solo libro, aunque este sea Crimen y Castigo. 

“Leer un solo libro es como viajar a una sola ciudad”, advierte Linares, que sugiere cinco novedades de su catálogo. Una es La conspiración de los conspiranoicos, una diversión de Felipe Benítez Reyes revestida de coronavirus. Otra, el facsímil Caballo Verde para la poesía, la revista de Altolaguirre dirigida por Neruda. También Gotas de sangre jacobina, Antonio Machado y la política, de Paul Aubert, y La hija del samurái de Sevilla, de John J. Healey. Van cuatro. La quinta es Mi cárcel, de Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura, la duquesa roja. 

Si el lector coge al tuntún otros cinco del catálogo de Renacimiento también acertará porque el editor y su equipo se cuidan muy mucho de desilusionar a quien adquiere un libro de los suyos con muchas ganas. Que es la actitud, pues para Linares la lectura no sienta bien en pequeñas cantidades. Por lo general, asegura el editor, se equivoca mucho más el que no lee que el que lee. “En los libros está lo mejor de la especie humana”. Que cree lo que dice lo evidencian los 150.000 volúmenes de su biblioteca. Borges no dejaría de visitarlo. 

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