Reenamorarse de la lectura

Una visión disidente

Dicen que los seres humanos tendemos a vivir en una extraña paradoja: por un lado, embellecemos los recuerdos; por el otro, parecemos vivir en permanente resiliencia con la negatividad. Dicho de otro modo: nuestro cerebro tiende a quedarse con lo negativo. La ansiedad que provoca este extraño dúo sirve también para avanzar, para usar la materia gris como piedra angular de nuestro progreso.

En tiempos de pandemias y crisis que se solapan unas con otras, desde el sector editorial hemos oído los cantos de sirena que nos arrastran al acantilado. En eso no somos distintos al resto de gremios. Hace unos años, el universo musical tuvo que probar eso que decía Platón, de que “la necesidad es la madre de la invención”. El negocio mutó, los patrones cambiaron, las reglas fueron reconstruidas como la espada Narsil en El señor de los anillos. Hoy en día, todos aquellos que decidieron que no era el fin, sino un nuevo principio, trabajan en una industria que funciona a pleno rendimiento y con grandes dividendos.

Durante el periodo en que nos hemos visto obligados a estar encerrados en casa, los que somos lectores hemos devorado nuestros libros favoritos, hemos pedido online las novedades que nos llamaban la atención y hemos comprobado de nuevo cómo la lectura es capaz de alejarnos de cualquier lugar oscuro, de aportar algo de luz a un mundo que la necesita. Pero no es esa la clave del asunto. Lo importantes es que, muchos de nuestros conocidos (que no eran lectores habituales) se han acercado a los libros tras devorar horas de streaming, plataformas, redes sociales y —supongo— juegos de mesa. Y eso sí es algo extraordinario.

Podríamos decir entonces que muchísima gente se ha dado de bruces con la lectura gracias a la pandemia tras explotar otras opciones de entretenimiento más sencillas y accesibles, pero también menos tangibles y románticas en un sentido cultural y artístico. Es por ello que, a corto plazo, el daño puede ser objetivo e indiscutible, pero no tiene por qué ser así a medio y largo plazo, puesto que hemos sumado nuevos e imprevisibles compradores.

El ser humano puede revolcarse en la negatividad y rememorar las malas experiencias una y otra vez, pero ya lo decía Sartre y deberíamos recordarlo: “El que piensa en el infierno, puede estar obligado a vivirlo dos veces”. Así que tomemos distancia y pensemos que en cada revolución hay un botón de rebobinar y en cada problema una oportunidad, y que la maldita reclusión forzada ha supuesto para muchos la llegada a las orillas de un mundo apasionante al que —quizás— no se acercaban desde hace mucho. Y, aunque estemos tristes, desorientados y muchas veces presa de una tremenda incertidumbre, es posible que la solución yazca allí donde ningún problema puede alcanzarnos: entre las páginas de algún libro.

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