Nuestra parte del continente

Origen, nombres, claves y problemas para editar en Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua o Guatemala

Es el 10 de febrero del año 2009. Está a pocos minutos de ocurrir un evento que cambiará la forma de leer la literatura en Costa Rica y probablemente en toda Latinoamérica. Nace una editorial: Lanzallamas, y lo hace con la novela El más violento paraíso, del escritor Alexánder Obando (1958-2020). Guillermo Barquero y Juan Murillo son sus artífices. Ambos llevan varios años reseñando en sus blogs libros que no existen en el país. Libros que eran una leyenda porque las librerías que venden esos títulos no existían. En la presentación, abren un gran libro y leen de sus páginas unos fragmentos que se pierden en el tiempo. Es Roberto Artl y su novela Los Lanzallamas. Así, ese día vemos no solo el nacimiento de una editorial, sino que también acudimos al acceso de un libro que pensamos que no existía y conocemos, por rebote, otro universo literario.
Como buenos feligreses, varios nos congregamos a las afueras del Instituto de México mucho antes de la actividad. Estoy con el poeta Luis Chaves. Hablamos de libros que nunca hemos visto, poesía tan gloriosa que ni siquiera existe en un archivo en word y se sabe de un libro impresionante que alguien tiene en el país, pero es una fotocopia y no lo presta. ¿Has leído la crónica? Periodismo de alto rendimiento, me dice Chaves, sin saber que un año más tarde publicaríamos un libro de crónicas de fútbol y años más tarde, cuando ganara la beca DAAD para irse a Alemania, uniría los sellos Lanzallamas y Germinal para publicar dos inéditos y hacer una gran fiesta de despedida. Pero en ese 2009, desapercibido, Luis Chaves estaba sin saber que justo en el 2020, íbamos a editar una obra cumbre en la poética latinoamericana: Historias Polaroid, publicado por la editorial Perro Azul en el año 2000 y ahora editado por Encino, la editorial que dirijo luego de haber cerrado Germinal e intentado, por todos los medios, retirarme del mundo literario, sin éxito.

En 1968, Sergio Ramírez fue el artífice de un proyecto editorial que ayudó a leer nuestra región mucho mejor que cualquier red social de hoy en día. Educa fue la editorial que permitió dialogar en Centroamérica, que propició el tráfico de libros y cambió la forma en cómo nos leeríamos como latinoamericanos. Incluso, cuando las guerras llenaron de sangre nuestro istmo, Educa fue tabla salvavidas, por un lado, y causa de censura por otro. En 1976, el escritor salvadoreño Miguel Huezo-Mixco recibe una carta de Ramírez donde le dice sobre el decomiso de los ejemplares de El señor presidente de Miguel Ángel Asturias (1899-1974). El libro estaba prohibido en la era somocista.

Una mujer editora

Con editores de El Salvador, Honduras, Nicaragua y cabe destacar, una mujer editora, Carmen Naranjo (1928-2012), de Costa Rica, la editorial publicó más de 600 ejemplares; la mayoría, el día de hoy, son objeto de colección. A las puertas del siglo XXI, Educa anuncia su cierre definitivo.

Es el año 2010 y luego de varias experiencias, converso con Barquero en un bar. Pasados de tragos y de libros, le pregunto por la mejor feria internacional. Frankfurt, a nivel de negocios, me dice, pero Guadalajara es la mejor. México está lejos pero no tanto, le digo, y conozco a alguien que fue en bus. Hablamos sobre Centroamérica, Educa, sobre libros que solo sabemos que existen, pero nunca hemos visto. Recordamos dos proyectos que de forma drástica cambiaron la forma de leer o al menos de escribir hacia finales del siglo XX: la revista Kasandra, fundada en 1989 por Jorge Jiménez en Costa Rica, y la Editorial X, fundada por Estuardo Prado en Guatemala, a finales de los 90, pero que venía de una revista llamada Anomia. En 1998, Chaves junto a Ana Wajszczuk, fundaron la revista Los amigos de lo ajeno (otra poesía latinoamericana), cuyo primer número estaba insertado dentro de la Kasandra número 12, y amarrado con hilo rojo. Guiselle Morales diseñó y montó las artes finales de LAA para offset. Una nueva forma de leer y afrontar nuestra región veía la luz en textos que nos hablaban en un español que no pensamos que podía aparecer en papel impreso pero que a la vez nos hacía mirar nuestra parte del continente latinoamericano.

A lo largo del corto camino

Centroamérica podría tener dimensiones diferentes si la viéramos desde su cultura. Chiapas (en antaño parte de nuestra región) está más cerca de la forma chapina que mexicana. La isla de San Andrés históricamente ha tenido más arraigo con Nicaragua o algunos productos costarricenses que con Colombia. En general, si se logra transitar de San Andrés a Panamá, y de ahí en bus hasta Tapachula y luego ir directo a Chiapas, se puede vivir una región centroamericana maravillosa, con una diversidad cultural como nadie más la podría tener en Latinoamérica.

Es el 10 de noviembre del año 2010. Compré un pasaje abierto en TicaBus de San José hasta Tapachula (ida y venida) y de ahí iría al D.F. y luego a la FIL Guadalajara. Recorrer la región en bus era la única forma en que podría entender por qué no nos leemos o al menos, por qué no conocía nada más allá de Miguel Ángel Asturias, Roberto Sosa (1930-2011), Rogelio Sinán (1902-1994), Ernesto Cardenal (1925-2020) o Roque Dalton (1935-1975). ¿Y Belice? Hoy puedo agregar la pregunta: ¿por qué solo conocía hombres escritores?

Cuando el bus ingresa a Managua, el grito de “ticos cochones” fue el soundtrack de bienvenida. En octubre de 2010, el gobierno de Costa Rica arremetió contra el gobierno nicaragüense en relación al clásico problema del Río San Juan. Se estaba dragando el río y los desechos se tiraron cerca de la Isla Calero que está a la par de Harbour Head. Lo que fue un error geográfico terminó casi en un conflicto militar. Problemas que, desde la independencia de España o la abdicación de Iturbide, nos aquejan en la región, y ya en el siglo XX se ve más claro el catálogo de la ira: la Guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras en el 69, la Revolución Sandinista, la invasión a Panamá, la casi guerra de chapines contra británicos por Belice, la resolución de La Haya sobre San Andrés y Nicaragua, o el reconocimiento gastronómico sobre el origen del Gallo Pinto. Pasamos de ser finca de España a casi ser finca de William Walker, a casi ser finca de la United Fruit Company, a ser finca en el marco del TLC (luego del fallido ALCA) y ahora a ser una región que no se conoce ni aspira a integrarse pero que, a los ojos del mundo, no es América Latina sino Centroamérica, que tampoco existe. Voy en un bus con dos maletas llenas de libros, cruzando Managua rumbo a la FIL Guadalajara. “Sos el único tico ¿verdad?”, me dice una señora que va rumbo a El Salvador a visitar a su familia en época navideña. Sí, en Peñas Blancas, frontera con Nicaragua, fui el único al que no hicieron hacer fila ni le revisaron mucho las maletas, pero también fui el que pagó más impuestos de salida y entrada por país, porque Costa Rica no es parte de la CA-4 (visa Centroamericana Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala). En la estación de Managua, compré una Coca Cola que es más barata que el agua. La señora salvadoreña me ofreció una pupusa y platicamos. ¿Qué es Centroamérica? Le dije que Panamá era de gringos y ella me dijo que Centroamérica era la CA-4, que estábamos en el inicio de Centroamérica, que va desde Nicaragua hasta pasando la frontera de México. Sí, me dice, Panamá es de la yunai pero Costa Rica es del primer mundo.

La ruta de su evasión

En el año 2013, Sergio Ramírez junto a Ulises Juárez Polanco (1984-2017) fundan el festival Centroamérica Cuenta. La iniciativa es la más importante para visibilizar la región desde el Nobel a Asturias. Pasadas varias ediciones y en época de pandemia, el festival pasó a ser virtual, permitiendo un acceso enorme a autores y autoras. Recién iniciado el CAC virtual le preguntan a Claudia Piñeiro sobre qué ha leído de Centroamérica, menciona a Puerto Rico y República Dominicana. Guillermo Arriaga, en la misma línea, dice que Asturias y Ramírez bastan y sobran para comprender la región. Varias personas desistimos de saber qué leían de nuestra parte del continente las grandes plumas literarias que desfilan en todos los festivales virtuales. Es el 2020 y la mayoría de las ferias son virtuales. Manuel Gil, director de la Feria del Libro de Madrid, en la FILCR2020, habla de “América Latina y Centroamérica”. En el 2019 se conmemoró el Centenario de Eunice Odio, poeta que gracias al Concurso Centroamericano de Poesía “15 de setiembre”, que se celebró en Guatemala en 1947, ganó el primer lugar y se conoció su libro Los elementos terrestres (1948). Eunice, Yolanda Oreamuno (1916-1956), Chavela Vargas (1919-2012) y Victoria Urbano (1926-1984), se van de la región para regresar como extranjeras en casa propia, en medio de homenajes centenarios o artículos académicos que nadie lee. El boom de las librerías en Europa con especialidad en Latinoamérica, cubren Sudamérica, México y el Caribe, con algunas excepciones que las grandes editoriales han fichado de nuestros países, como Sergio Ramírez o Gioconda Belli, y cuando son minuciosas, las librerías recuerdan que Claudia Hernández, Horacio Castellanos Moya, Rodrigo Rey Rosa, Luis Chaves o Claribel Alegría son latinoamericanos de Centroamérica. En nuestra parte del continente debemos lidiar con un híbrido de neocolonialismo literario. Editores y editoras de España que no saben que existe Centroamérica como mercado, pero tienen el monopolio para toda habla hispana, así no lleguen nunca los libros a esos países sobre los que pesa su derecho legal. También, autores y autoras que ceden a eso, así nunca lleguen esos libros a sus países vecinos. La escritora salvadoreña Jacinta Escudos me dijo que su editorial de España tiene los derechos de distribución de su novela para la región (salvo su país). Podría poner acá más argumentos, pero recalquemos esto: neocolonialismo literario.

En el 2010, en medio de los pasillos de la FIL Guadalajara, para decir de dónde venía, debía explicar la geopolítica, el orden de los países y sus gentilicios. Me decían costarriqueño porque pensaban que era de Puerto Rico. Salvo nombres como Sergio Ramírez, Asturias o Gioconda Belli, que recordaban que eran centroamericanos, nadie parecía estar al tanto de qué estaba entre Chiapas y el Canal de Panamá. Nuestra parte del continente se llama Centroamérica, pero escribimos y editamos como toda Latinoamérica.

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