Marta Robles: “No me gusta nada ese papel que se confiere a la mujer de que siempre es buena”

La periodista y escritora Marta Robles publica Pasiones carnales en Espasa, un ensayo novelado que profundiza en los amores de los reyes que cambiaron la historia de España 

Es difícil imaginar a otra persona que no sea Marta Robles tras la firma de Pasiones carnales, porque para escribir un libro así se requiere de la pasión y la valentía con la que esta madrileña de voz inconfundible afronta cada nuevo proyecto profesional. 

Contagioso es el entusiasmo con el que la autora habla en este encuentro con PW en Español, de cómo por encima de la muerte, el amor y lo que deriva de él es lo que más nos iguala a los seres humanos, con independencia de nuestro lugar de nacimiento y condición. 

No era tarea fácil sumergirse en los bajos fondos de monarcas y personajes poderosos a lo largo de doce siglos de historia para ver cómo su apetito por la carne los puso a la altura del resto de los mortales, porque como Marta Robles nos recuerda en esta novela, los reyes son igual de vulnerables al amor y a las pasiones que los mendigos. Sin sus arrebatos, calenturas y todo lo que escondían en la trastienda de sus alcobas, la historia de este país habría sido otra. 

—“Todo en la vida trata sobre el sexo excepto el sexo. El sexo trata de poder”. No podía elegir mejor cita para abrir el libro que con esta de Oscar Wilde. Sexo y poder… menuda combinación.

—Sí, porque en el sexo, aunque nos alejemos de los poderosos convencionales siempre existe una relación de poder. El sexo y los sentimientos, pero sobre todo el sexo que, al final siempre tiene algo de obsesión, procura esa relación de más o menos poder. Las pasiones carnales tuyas y mías nos influyen solo a nosotras o a nuestros protagonistas, pero las pasiones carnales de nuestros poderosos influyen en el devenir de los acontecimientos y por tanto en todos aquellos sobre los que ostentan el poder. Una vez que están arriba del todo no es una cuestión de corona sino de poder, ya que se sienten diferentes a los demás y como tienen una serie de obligaciones deciden que las normas son para los otros y no para ellos, que se las pueden saltar. Por eso hay tantos reyes y tantos poderosos de todo tipo que son estrictos con el pueblo pero luego hacen exactamente lo que les da la gana. Y lo curioso es que todos aquellos sobre los que ostentan el poder de algún modo también los ven diferentes, con luz distinta, incluso más atractiva. Lo que llamamos la erótica del poder que también existe y que absolutamente innegable.

—¿Cómo se embarca en una empresa como esta, la de escribir un libro donde bucea en los secretos de cama de nuestros monarcas durante doce siglos de historia? No quiero imaginarme cómo habrá sido el trabajo de documentación.

—Una auténtica locura y realmente hubo momentos de zozobra en los que me preguntaba qué iba hacer. Yo me embarco en esta historia porque Ana Rosa Semprún, que es la directora de Espasa, me habla de un libro que se publicó en Méjico en el que a través de tres o cuatro personajes distinguidos se contaban partes muy noveladas de la historia de este país, y yo, como soy así dije que lo quería hacer es la radiografía de la historia de España. Doce siglos ni más ni menos, una aventura literaria absolutamente ambiciosa y además con una estructura muy específica que es la del ensayo novelado, que requiere un rigor y un contraste de datos absoluto, determinar dónde empieza la leyenda y dónde la dramatización.

—¿Y por dónde empieza para gestionar toda esa información?

—Me ayudó muchísimo Juan Eslava Galán, a quien le consulté al principio de meterme en esta aventura porque él es un sabio y me encanta como cuenta la historia. Me pasó un libro que había escrito hace años y ahí me encontré bastantes pinceladas para seguir el camino. Una vez que tuve la estructura me di cuenta que estaba frente a veinticuatro capítulos, que tenían que ser lo suficientemente largos para incluir todo lo que quería contar, pero lo suficientemente cortos para enganchar al lector. Ha sido un reto y una aventura, sin duda, porque la investigación abarca seis páginas de bibliografía, hemos buceado en archivos, en cartas de embajadores, en actas de confesión… A muchas no hubiera podido llegar si no hubiera tenido la ayuda de una documentalista que me presentó Planeta y que es estupenda y gracias a ella llegué donde de otro modo me hubiera sido imposible. 

—Vamos a meternos en harina: ¿Cuál de nuestras dinastías fue la más lujuriosa?

—Los dos reyes más adictos al sexo fueron de distintas dinastías: un Austria, que es Felipe IV y otro un Borbón, que es Alfonso XIII. Pero más allá de todo eso, en todas las dinastías cuecen habas. No es una cuestión de dinastía o genes heredados, aquí me parece que es el poder el que interviene. 

—De hecho, al comienzo del libro deja claro que no es la Corona lo que vuelve déspotas a los reyes sino el poder. 

—Por supuesto. Hay que tener una personalidad muy sólida para que el poder no te mueva de tu sitio, no te zarandee. Cuanto más absoluto es el poder más peligro hay de que te convierta en una persona diferente, por eso yo creo que los poderes tienen que estar absolutamente cercados para evitar que los abusos se hagan realidad. Durante muchos siglos el poder estuvo asociado a las coronas en España, pero también hay algún personaje en este libro que se cree que lleva corona y actuaba como si la tuviera. 

—Mientras leía Pasiones Carnales no he podido evitar pensar en un libro que hablara de las pasiones carnales de nuestros políticos, aunque tengo la sensación de que sería más aburrido, ¿no le parece?

—No lo tengo claro. Yo, por lo que sé que no se ha contado si empezaramos, por ejemplo, desde la Transición hasta nuestros días sería una barbaridad lo que han movido las pasiones carnales. Pero es que si nos vamos al franquismo o a la posguerra ni te cuento. De las pasiones carnales no se libra nadie y sobre lo que han influido en la historia de los países tampoco. 

—Le animo a escribirlo. Estoy segura que querrá leerlo todo el mundo. 

—(Risas) Unos más que otros, me temo. 

—¿Cuál es la pasión carnal, de todas las que ha retratado en este libro, la que más influyó en la historia de España?

—Creo que muchas, pero hay una, quizá porque tiene tantísimos ingredientes de novela, y es mi preferida y muy desconocida: La historia de Leonor de Guzmán y Alfonso XI. Este monarca se casó con María de Portugal pero al poco tiempo se volvió a encontrar con una mujer que ya conocía que era Leonor de Guzmán, y que fue la concubina del rey durante veintitrés años y le dio diez hijos, mientras que la reina legítima sólo le pudo dar uno, que sería el heredero. Leonor de Guzmán, durante estos años, aparte de hacerse su patrimonio y de colocar a sus hijos en el lugar adecuado fue considerada reina tanto dentro como fuera de nuestras fronteras y de hecho hasta sus detractores consideraban que ella aconsejaba con mucha sensatez al rey. Cuando el rey muere en el campo de batalla quien le está esperando en la tienda con el Pendón de Castilla es Leonor de Guzmán, en cuyos brazos murió. Ella lleva el cuerpo del rey hasta Sevilla donde le están esperando la reina y su hijo. La encierran y al poco tiempo la mandan asesinar en Talavera de la Reina. Años más tarde, uno de los hijos de Alfonso XI y Leonor de Guzmán, Enrique de Trastámara asesina a su hermano Pedro, que ya es Pedro I el Cruel, ocupa su lugar en el trono y con esto se produce un cambio de dinastía: Se pasa de la Casa de Borgoña a la Casa de Trastámara a la que pertenecen, ni más ni menos que los Reyes Católicos. Es decir, que los Reyes Católicos descienden de una concubina y esto es muy sustancial en la historia porque ellos son definitivos en la consideración de España como tal. 

—Ahora que ha mencionado a Leonor de Guzmán, hablemos sobre las mujeres que fueron definitivas en la historia de España. Me gusta cómo ha hablado de ellas, sin paños calientes y huyendo de convencionalismos. 

—Yo quería sacar a las malas de la historia porque estoy muy harta de que seamos siempre las buenas de la películas, las abnegadas, las sumisas. No. Para que haya igualdad tiene que haber mujeres buenas, malas y regulares, igual que hay hombres buenos, malos y regulares y si no es así al final no estamos trabajando en pos de la igualdad. Sin embargo, sí que es cierto que la historia de la humanidad se ha escrito de acuerdo a la desigualdad entre hombres y mujeres. Pero aunque los hombres se han empeñado en dejarnos un ámbito de acción muy pequeño había uno, que era el de la maternidad, que lo ocupa todo y que no podían controlar. Es a partir de ahí, a través de las relaciones con sus parejas e hijos que las mujeres han tenido una influencia fundamental.

—Estoy convencida de que la historia ha sido mucho más interesante y divertida gracias a las mujeres, especialmente a las malas. Pienso, por ejemplo, en Beatriz de Bobadilla…

—Es que Beatriz de Bobadilla era mala malísima. Conquistó a Fernando el Católico, lo cual tampoco tenía mucho mérito, porque él se dejaba conquistar fácilmente, sino también al propio Colón. Me hacía gracia incluir a este personaje porque muchas veces se habla de los atributos sexuales de los reyes, de cuántas relaciones tenían y de sus capacidades, y resulta que esta mujer no solo era multiorgásmica sino que tenía lo que se llama una vagina dentada, que son vaginas que hacen una presión increíble y que pueden dar mucho placer al hombre o todo lo contrario. Y ella era tan poderosa con su sexo que lo ejercitaba a diario con los indígenas a los que luego manda matar, como si fuera una mantis, para que nadie supiera que tenía esos atributos. Era mala y no tenía piedad y quería que se viera eso. Insisto, no me gusta nada ese papel que se confiere a la mujer de que siempre es buena. 

—¿Qué mujer, además de Leonor de Guzmán, fue más determinante en los acontecimientos?

—La tercera esposa de Felipe II, Isabel de Valois fue una mujer que no sólo obligó al rey a comprarle un vestido cada día de su vida, con el consiguiente gasto para las arcas, sino que cambió de manera definitiva la historia de España y es que le dijo a su marido que no le gustaba Toledo y que no le sienta bien y entonces Felipe II, el rey más poderoso de la historia traslada la capital de Toledo a Madrid, con lo que eso conlleva a nivel social, político y económico. 

—Mientras leía el capítulo de Carlos III, que fue el mejor rey de la historia de España y uno de los pocos fieles a su pareja, me he preguntado si habría una relación entre la fidelidad y el ser un buen monarca y tengo que decirle que no sé si eso me inquieta o me tranquiliza. 

—Desde luego a mi tampoco, pero no fue el único rey fiel, también lo fue Felipe V y Alfonso II el Casto. Cada uno por circunstancias distintas. Pero lo importante en el caso de Carlos III y que me parece imprescindible revisar es que no hay que mirar el pasado con los ojos del presente. Si alguien revisa la historia de este monarca se da cuenta que cuando empezó la relación con su esposa ella tiene doce o trece años, aún no tiene siquiera la regla y está manteniendo relaciones sexuales con ella. Con lo cual, con los ojos del presente, Carlos III, nuestro mejor rey sería un pederasta. 

—Para confirmar eso precisamente, que no se puede juzgar el pasado con los ojos del presente, sirve un libro como el suyo, en esta época que vivimos de revisionismos absurdos, ¿no le parece?

—Diría que ni siquiera se puede juzgar con los ojos del presente lo que se hizo hace varios años. Yo soy feminista sin ninguna duda, no tengo resquicios, pero me parece muy absurdo pensar que determinadas circunstancias o comportamientos de hombres y de mujeres hace veinte años, tuvieran que ser exactamente iguales que los de ahora, porque entonces no habíamos ido avanzando hacia el lugar en el que estamos, por lo que no se puede juzgar a las personas porque entonces dijeron o recibieron un piropo de una manera determinada, por ejemplo. Uno tiene que evaluar las épocas respecto a los usos o costumbres de las épocas. Ahora pensamos que nuestra época es la mejor y lo estamos haciendo todo bien, pero habrá que ver cómo nos ven a nosotros dentro de otros veinte años. 

—El libro termina con Alfonso XIII y entiendo que es así porque se necesita perspectiva y distancia para hablar de lo que vino después, aunque eso también de para otro libro. 

—Si, pero no más que lo de antes. De lo que tenemos constancia hasta ahora, tanto de la República, Don Juan y el rey emérito, no es más que lo que había antes. Lo que sabemos del rey emérito hasta ahora no es más que lo de Alfonso XI y desde luego es mucho menos que lo de Alfonso XIII, del que se desconoce el número de relaciones y de hijos que tuvo. De todas formas no vamos a saber todos los detalles en torno a la figura del rey emérito hasta que no pasen unos años, por eso yo no he querido meterlo porque me gusta escribir con perspectiva que es como creo que se debe de escribir la historia. 

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