Manuel Gil, director de la Feria del Libro de Madrid “Presagiábamos el apocalipsis y lo que hemos padecido ha sido un chirimiri”

La Feria del Libro de Madrid cumple su ochenta edición. Este año vuelve al Retiro donde los visitantes se reencontrarán con sus autores favoritos. Los números son más conservadores. Aún no se sabe qué medidas adoptarán las autoridades sanitarias para aumentar el aforo. Lo que sí se sabe es que Madrid busca una feria inteligente, digital y sostenible, abierta a los retos que marca la sociedad. Hay en la capital de España una emoción nueva por reencontrarse con una de sus celebraciones favoritas.

—¿Qué encontraremos este año en la Feria del Libro de Madrid? 

—La feria se celebrará en el paseo de Coches del Retiro. Habrá un sistema de control de aforo, en la parte norte y en la parte sur, con dos accesos. Todo el recinto estará cerrado y vallado. Este es el escenario hoy en día. Pero es posible que cambie en próximas fechas. Esta edición emula ferias anteriores, pero es distinta. En una feria normal cada hora se reúnen 28.000 visitantes dentro del recinto. Este año, según las medidas aprobadas, tendremos unos 3.600, con el agravante de que un veintinueve por ciento de los asistentes permanece dentro de la feria más de hora y media, y un cincuenta y uno por ciento por encima de las dos horas. Si hemos aprendido algo en estos meses es a esperar y a ser respetuosos en esa espera. Yo confío en el respeto de nuestros visitantes. Esta es una feria que despierta el interés del paseante. En 2019 tuvimos a lo largo de diecisiete días 2,4 millones de visitantes. Este año, de persistir las medidas actuales, seríamos infinitamente menos. Pero lo que sí sabemos es que aquellos que aguanten las incomodidades del acceso son personas que vienen a comprar libros, dispuesta a hacer una cola por incómoda que sea. Hemos tenido que eliminar pabellones, en muchos casos patrocinadores que aportaban mucho dinero a la feria. Ahí sí tenemos un problema presupuestario complicado porque en 2019 facturamos casi 1,2 millones de euros, mientras que en 2020 facturamos tan solo siete mil euros. 

—¿Y para esta edición qué previsiones económicas manejan?

—No me atrevo a dar una cifra, pero sospecho que entre expositores, marcas comerciales más las subvenciones nominativas de Ayuntamiento y Comunidad de Madrid nos acercamos a unos novecientos mil euros. El problema ha estado en estos está tiempos de pandemia. Una caída próxima al cien por cien de facturación te lleva a tener pérdidas contables importantes. Hemos sobrevivido gracias al colchón de dinero que tenía la feria. El director anterior, Teodoro Sacristán, legó un colchón de dinero. Desde 2017, en que comienzo a asumir la dirección de la Feria del Libro de Madrid, ese colchón lo mantengo e incluso lo incremento. En 2020 hemos vivido, como muchas familias, de comernos los ahorros. Lo bueno es que no debemos nada. 

—Imagino que tendrán su atención puesta en los procesos de vacunación y de inmunidad de grupo. Eso podría cambiarlo todo ¿verdad?

—Así es. Ahora mismo estamos en un escenario de aforo del cincuenta por ciento. Pero hay lugares en Madrid que están abriendo a un setenta por ciento. No es descartable, por tanto, que nuestro aforo aumente y las expectativas sean mejores de las que manejamos ahora mismo.

—¿Contemplarían entonces abrir la feria sin control de aforo?

—Sí. Al cien por cien. Insisto: No es descartable a partir de agosto. Esto solventaría algo que nos quita el sueño. Me refiero a las firmas de los escritores en las casetas. El levantamiento total de aforo, además de la entrada masiva de público, hace que los datos de ventas de las editoriales y las librerías fueran muy superiores. En 2019 los expositores facturaron 11,5 millones de euros. Es una cantidad muy alta. En feria tenemos firmas de youtuber, booktuber, personajes televisivos, además de escritores. El control de aforo será un autorregulador de las colas frente a las casetas. Cuando la gente llegue si el semáforo marca rojo no podrá entrar. Habrá una pantalla que en tiempo real indicará el aforo y, por tanto, regulará la entrada de nuevos visitantes. Puede haber aglomeraciones en las dos entradas, sobre todo los fines de semana. En eso no podemos arbitrar soluciones mágicas. Pero insisto: Confiemos en que la situación para septiembre sea otra.

—¿Aplazar fue la única opción posible?

—En marzo de 2020 la feria estaba montada. Cuando nos confinaron decidimos desplazarla hacia adelante. Fue una esperanza vana. Conforme fueron avanzando los meses planteamos en la comisión de organización celebrarla en octubre. Todo fueron problemas a partir de entonces. Nos dimos cuenta de que no era posible celebrar acto presencial alguno. Al final se decide sustituir la feria presencial por una feria virtual donde celebrar algunos actos desde la lejanía que imponen las pantallas. Desde un punto de vista de audiencia la feria del pasado año fue un éxito de audiencia y seguimiento internacional, pero fue una ruina económica porque no tenía ingresos de ningún tipo. Este año nos planteamos celebrarla en mayo, en su fecha habitual, pero en ese momento las autoridades sanitarias dictaban un aforo no superior al treinta por ciento. Se impuso la responsabilidad y decidimos por lógica aplazar: Imagina lo que hubiera sido desatar un brote en la feria. ¡No quiero imaginarlo! El eslogan en esta ochenta edición es ‘La feria del reencuentro’. Cuando presentamos el cartel, en las redes la gente comenzó a decir que era un cartel de esperanza y reencuentro.

—Más allá de la crisis sanitaria que ha marcado nuestras vidas este último año ¿qué diferencias tendrá esta feria con respecto a las pasadas?

—Una diferencia absoluta en cuanto a dimensiones. Hay que tener en cuenta que la Feria del Libro de Madrid dura diecisiete días y compite con los grandes museos de la capital que están abiertos todo el año. No es único gran evento del mundo del libro, pero sí está entre los más importantes. Aunque sea una palabra devaluada la feria del libro de Madrid tiene carácter nacional. En la capital esos días se reúne el noventa y nueve por ciento de la edición española, con independencia de su lugar de procedencia. Este año hemos puesto en pie un proyecto piloto de recuperación de la feria tradicional. Hay dos modelos de feria: la B2B y la B2S. Las primeras son celebraciones especializadas en el propio sector, como Frankfurt, y las segundas están abiertas al público. Estas últimas han gozado de una salud de hierro: Guadalajara, Buenos Aires, Bogotá…  Esta feria será distinta. No es la feria de 2019, ni la de 2018, pero se empieza a asemejar.

—¿Qué es lícito pedir a las administraciones públicas?

—Tengo una frase para eso: Somos una feria pobre. Las ferias buenas son las caras, las ferias de mucha inversión. Con todo, hemos sido capaz de hacer algo que otras no habrían podido hacer con presupuestos como los que manejamos. Tenemos subvenciones públicas nominativas que constituyen entre el ocho y el diez por ciento del presupuesto. Es decir, te las dan por ser quien eres y tú justificas con cargo a la actividad que realices. Necesitaríamos unas subvenciones públicas mucho más potentes de las que tenemos en la actualidad. En los años 80 el presupuesto de la feria era de veintiséis millones de pesetas. En aquella época, la Dirección General del Libro aportaba el veinticinco por ciento del presupuesto. Ahora, la Dirección General del Libro aporta una subvención a un proyecto concreto. Pongo un ejemplo: Si un proyecto cuesta doce mil euros, la institución pública aporta unos ocho o diez mil euros. Los ingresos, por tanto, han de provenir de empresas privadas. El libro, a diferencia de otros productos, es poco mediático y no todas las empresas están dispuestas a participar en la feria a pesar de la alta audiencia que arrastramos.

—¿Y a los editores? ¿Qué le pide la Feria del Libro de Madrid a la industria del libro?

—La feria se crea en 1933. La crea el editor y librero malagueño Rafael Giménez Siles. En 1939 se exilia a México y da forma en su capital a la primera feria del libro en aquel país. En breve aparecerá en editorial Renacimiento un libro sobre él de la profesora Ana Martínez Rus, de la Universidad Complutense de Madrid. Giménez Siles crea, además, la cadena de librerías Cristal. Con este apunte histórico quiero decir que la feria la crean editores. Pocos años después se incorporan las librerías. El editor es parte íntima de la historia de la feria. Este año, además, hemos caído en la cuenta de que hay tres editoriales que han mantenido su presencia permanente desde la primera edición en 1933. Por eso hemos decidido premiar y reconocer a Juventud, Morata y Espasa Calpe. Estas tres editoriales han acompañado a la feria desde su origen. 

—¿Cuántas veces, por cierto, no se celebró la feria? 

—De 1936 a 1944 por la guerra civil y la posguerra, y entre 1952 y 1954 por razones que, a pesar de nuestro empeño por saber, se nos escapan. Quiero creer que debió de ser algún problema del Instituto Nacional del Libro. Hablamos de una época, por cierto, en que la feria tiene carácter nacional e hispanoamericano. 

—¿Cómo ha cambiado desde entonces?

—En dimensión, claro está. Cada feria tiene su personalidad. Una de las características de Madrid es que una tarde encuentras en las casetas a los escritores más importantes de lengua hispana reunidos a la vez firmando libros. Madrid tiene una feria que es consustancial a la presencia de autores. De otro modo no se entiende.

—¿Y qué ha de pedir la feria a las librerías?

—Que ofrezcan lo mejor de ellas, un catálogo de títulos que sacie a los visitantes, lo más diversas posible. No podemos olvidar un dato importante: por público, la Feria del Libro de Madrid es la mayor en lengua hispana. Buenos Aires está en torno al millón trescientos mil visitantes, Guadalajara próxima al millón y Bogotá en torno a los seiscientos mil. La tradición que tiene Madrid está avalada por su ochenta edición. Madrid, además, figura en las guías de referencia y está considerada entre las más importantes del mundo en visitantes y participación. Contribuyó también el hecho de que España ha tenido una alfabetización tardía, mientras en Madrid la alfabetización estaba más avanzada. La feria forma parte del adn de la ciudad, pero eso no significa que permanezcamos quietos. Es necesario escuchar a nuestros visitantes, empeñarnos en mejorar cada edición, hacerlo cada vez mejor, amoldarnos a los tiempos, dar respuesta a las realidades que nos preocupan. Realizamos continuamente encuestas, tenemos canales abiertos que nos permiten tomar el pulso del sector.

—¿Cómo será el futuro de ferias como la de Madrid?

—Ferias como la nuestra han de responder a tres características fundamentales: tienen que ser ferias inteligentes, digitales y sostenibles. Inteligentes porque tienes que tener elementos de escucha a fin de ofrecer a tu público una experiencia cada día mejor. Digitales porque hoy día no se concibe ningún acontecimiento disociado de un móvil o de un instrumento tecnológico desde donde guiarse e informarse. La prescripción ha ido cambiando de los elementos impresos a los digitales. Y sostenible porque no podemos olvidar que estamos es un parque histórico como el Retiro. La feria es efímera, pero el impacto no. Nosotros impactamos sobre el parque. Eso no tiene la más mínima duda. En 2017 arrancamos un plan de sostenibilidad. Medimos lo que contaminamos, el impacto que la feria tiene sobre el parque en cuanto a la entrada de personas, movimiento y uso. Pondré un ejemplo: Para alimentar el aire acondicionado usamos generadores de gasóleo que consumen cuatro mil trescientos libros. Eso es una salvajada. La idea a futuro es prescindir de esos generadores y que las autoridades nos den la potencia suficiente para garantizar el suministro de aire acondicionado. Todos los años realizamos estudios de impacto ambiental. Una vez terminado lo que hacemos es compensar. No es lo mismo compensar en el Amazonas, que es más barato, que en Noruega, que es terriblemente caro. Nosotros hacemos dos cosas: Empezamos a compensar pagando unos tres mil euros, pero Madrid generó su propio sistema de compensación. Al no ser una cantidad muy elevada, alrededor de cuarenta y nueve toneladas, compensamos dos veces: pagando internacionalmente y pagando en Madrid. Y en efecto compensar en Madrid es más caro que compensar en el Amazonas. Pero es un dinero bien empleado. Este año teníamos previsto que todos los proveedores de infraestructuras que la feria contrata contaran con certificaciones medioambientales y cumplieran determinados estándares. Además de prohibir el uso de plásticos nosotros hacemos doscientas ochenta mil bolsas, junto al folleto editado. Todo sigue pautas de sostenibilidad.

—Y junto a la sostenibilidad ¿qué otros retos se plantea la feria para un futuro inmediato?

—Internacionalización, mujer, accesibilidad… Queremos incorporar los retos que la sociedad asume a nuestro propio hábitat.

—¿Las librerías han sido las que más han padecido la crisis?

—No. A diferencia de la crisis de 2008 en que desaparecen más de dos mil librerías en España, en esta crisis han desaparecido cuatro. Por dos motivos: Esta vez ha habido políticas públicas a través de compras para bibliotecas y en paralelo los créditos blandos han solventado los asuntos económicos más perentorios. De otra parte, las librerías se han sumado a la venta electrónica durante el periodo de confinamiento, mostrando una inteligencia para la adaptación. Por eso los datos de cierre de 2020 demuestran que el sector ha caído un uno por ciento, aunque hay otros datos que podrían demostrar que se ha crecido un uno por ciento. Los grandes grupos han crecido, por ejemplo. Yo diría que el eslabón débil son ahora los pequeños editores, incluso los autores de contenido. El cierre de Hispanoamérica ha sido terrible para algunas editoriales pequeñas que suman la carencia de ayudas. Hay que recordar que en marzo del año pasado se hablaba de caídas superiores a los mil millones. De haber sido así el sector habría retrocedido a la década de los noventa del pasado siglo. Presagiábamos el apocalipsis y lo que hemos padecido ha sido un chirimiri.

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