La pandemia no hace lectores

Javier Valbuena y José Antonio Cordón

En una entrevista mantenida en el año 1985 la autora uruguaya Armonía Somers mantenía que la lectura había de ir más allá de la anécdota, y que lo mismo que hay que aprender el oficio de escribir, había de hacerse con el oficio de leer. Con estas palabras no se refería a la mera alfabetización, sino a esa práctica de carácter holístico en la que están concernidos tantos factores que su ejercicio constituye una trama apasionante, pero compleja, que como todo oficio, precisa de la integración de muchos elementos en la consecución de un objetivo común: la percepción crítica y consciente de diferentes tipos de discursos. Esto, que era una evidencia en los textos impresos, se ha convertido en perentorio en el ámbito digital, en el que a las habilidades convencionales han de sumarse las propias de un entorno tecnológico en permanente renovación, en el que la legibilidad entraña no solo el diseño textual y paratextual, sino el concurso de elementos de interoperabilidad y socialización implícitos en los nuevos sistemas. Significante y significado, texto y contexto, formato y contenido, aparecen por primera vez en la historia sujetos a decisiones que son editoriales, pero también tecnológicas, en la medida en la que la optimización de la práctica lectora depende del conocimiento de la lengua, pero también de las condiciones de publicación y de las funcionalidades implícitas en el software (aplicaciones principalmente) y el hardware (dispositivos) utilizados. 

La crisis del COVID-19 supuso la inmovilización del comercio y colapsó toda la cadena de valor del libro tradicional. Autores, editores, bibliotecas y librerías se vieron gravemente afectados con una caída en los volúmenes de su tráfico habitual alarmante. Con una aparente excepción, la lectura. A tenor de los datos que iban arrojando los principales centros de análisis y estudios culturales las prácticas lectoras habían experimentado un renacimiento durante el periodo de confinamiento obligatorio, gracias al sector editorial, que facilitó el acceso gratuito a una gran cantidad de obras y, sobre todo, a la disponibilidad digital de un gran contingente de libros accesibles para su descarga y lectura. Tanto desde los catálogos de las redes de bibliotecas públicas, como desde las plataformas en streaming se facilitó la circulación de títulos de todo tipo, con un gran incremento de un formato ascendente en los consumos digitales, el de los audiolibros. 

Lo que no habían conseguido sofisticados estudios y planificaciones culturales, exhaustivas campañas de promoción y estímulo de la lectura, agotadores mensajes, competencias horizontales y programas institucionales, lo había forzado, paradójicamente, una situación extrema que había situado a la humanidad al borde del colapso. Por otra parte, Guren y Sieck en el informe realizado para The Future of Publishing, demostraron como los grandes grupos editoriales se habían visto beneficiados por la estrategia que les indujo a priorizar los canales digitales durante la pandemia. En la misma línea Shatzkin subrayaba lo contradictorio de una situación que, a pesar de la gravedad, para amplios sectores de la industria editorial había resultado una bendición. Si en el ámbito comercial se podía apreciar una cierta ambivalencia, según los canales afectados, en el cultural y social, parecía apreciarse un beneficio neto, propiciado por unos rendimientos lectores inesperados.

Pero ¿se puede colegir de estas afirmaciones y hechos que la pandemia había conseguido hacer lectores? ¿tan fácil o transparente es la fórmula para que la población practique un hábito que, aparentemente, prende con dificultad y requiere de complejos adiestramientos? ¿estábamos recurriendo a herméticas y costosas metodologías cuando el secreto radicaba en la navaja de Ockam?

Desgraciadamente, la crisis no ha descubierto el Ars Magna de la lectura, pues lo que las cifras muestran es una intensificación de esta entre los ya lectores, sobre todo en los nuevos entornos digitales, y no tanto la incorporación de nuevos practicantes. Esta circunstancia no es extraña cuando una de las razones aducidas para no leer más es, en todas las encuestas, la falta de tiempo. Es el motivo mayoritario entre los lectores, alcanzando un 67% entre la población de 35 a 54 años, como figura en el informe de Hábitos de Lectura y Compra de libros ultimo (2021). Si algún efecto positivo tuvo el periodo de confinamiento fue esta mayor disponibilidad temporal. La caída de las cifras de lectura a valores previos a la pandemia, tras la relativa normalización, no hace sino confirmar esta hipótesis y ratificar el axioma de que la lectura es un fenómeno multifactorial y complejo cuya práctica regular obedece a la intervención de un conglomerado de acciones necesarios para vencer la tendencia natural hacia opciones menos exigentes y gratificantes. Entre los jóvenes de 15 a 29 años la lectura ocupa el noveno lugar entre sus prácticas de ocio, después de las de Chatear y navegar por internet, ver series y películas, estar con amigos, hacer compras online, jugar con videojuegos y consolas, salir a comer o cenar fuera, hacer deporte, y ver lo que ponen en televisión, tal y como figura en el informe desarrollado por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción en 2019.

Mediación, es el concepto clave para articular una propuesta fehaciente de formación de lectores y de consolidación de sus hábitos. No es nueva, de hecho las mediaciones lectoras a lo largo de la vida son abundantes y presentes en los diversos escenarios sociales. Familia, escuela y biblioteca, han desempeñado en este sentido una labor encomiable, pero la mediación, en la actualidad entraña una serie de destrezas que trascienden las tradicionales, desempeñadas durante décadas, de formación y orientación lectora. Mediación es, sobre todo, acompañamiento y adaptación a las circunstancias de cada lector, propiciar el encuentro entre los interrogantes básicos de la vida y su vinculación con la lectura, romper con las discontinuidades entre su práctica y las vivencias cotidianas, insertar sistemas de recomendación acordes con los nuevos entornos digitales, convertir el descubrimiento en una actividad de interconexión entre lo físico y lo virtual, favorecer la apropiación de un engranaje que cada vez reviste un componente más social, en el que la participación y el intercambio constituyen el Adn de los terceros lugares, esos que Alexander Skipis,  definía como sitios de construcción comunitaria, a caballo entre el trabajo y el hogar, espacios de convivencia y servicio público.

No hay nuevos lectores sin mediación, como demuestra la investigación desarrollada por la Diputación de Badajoz y la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, en el marco del Proyecto Europeo Redes1234, cuyos resultados se presentarán a finales de 2021.

Volviendo a Armonía Somers, es preciso dotar a la sociedad del oficio de leer para que esta pueda desarrollar plenamente su condición ciudadana, en una época en que, como señala Darío Villanueva, en su libro Morderse la lengua, proliferan las industrias de la mentira.

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