La lectura desatada

Las palabras no se borran

Las palabras no se borran. Y mucho menos aquellas que han sido escritas en libros. Tampoco las declaraciones que los medios recogieron a finales del pasado siglo cuando el poeta y actual director del Instituto Cervantes Luis García Montero despotricó sin piedad alguna contra María Asunción Mateo, la esposa de Rafael Alberti. Tal y como nos recuerda Anna Caballé en un texto reciente, impagable e imposible de rebatir, la novela que García Montero y Felipe Benítez Reyes publicaron en 1996 en Planeta, titulada Impares, fila 13 (un verso de Pablo García Baena), usa el feo recurso de transparentar en la protagonista del texto a la viuda del poeta gaditano a la que llaman, entre otras cosas, buscona, lagarta, pájara, viciosa, mamona, guarra, querendona, lianta… Este director llamó a los autores de aquella novela para formularles dos sencillas preguntas: ¿aquella mujer de la novela está inspirada en María Asunción Mateo? Y la segunda: ¿Hoy escribiría esa novela con la misma trama y en similares términos? Benítez Reyes contestó: «No recuerdo nada de mis anteriores novelas y no quiero hacer declaración alguna». García Montero no respondió. Habíamos mandado correos al Instituto Cervantes que se quedaron sin respuesta. Esos días, a propósito de uno de los muchos manifiestos a los que el director del Instituto Cervantes es tan amigo, un periodista le preguntó por el asunto y él se limitó a decir: «No haré declaración alguna».

La polémica viene precedida del libro que María Asunción Mateo ha publicado en Almuzara titulado Mi vida con Alberti, donde denuncia a «la corte de viudos ambiciosos y desheredados» que medraron en torno al poeta gaditano. Alberti leyó aquella novela de los dos jóvenes, y en silencio y con discreción inició un alejamiento de ambos y del resto de acólitos, recuerda estos días María Asunción Mateo. Ella no leyó entonces la novela. Lo ha hecho ahora envuelta en un terrible dolor. «Yo nunca imaginé que llegaran a decir de mi esas barbaridades. Tengo ganas de llorar sin parar», me dijo.

Antes de la réplica de Caballé, García Montero había escrito en El País un texto corto y deslavazado, poco pulido, donde hablaba de la defensa del feminismo y de la vergüenza que padecería si una mujer más joven se sintiera atraída por él (sic).

Esta controversia, aireada por los medios, tiene varias derivadas. Una de ellas es el poder que ha ejercido y aún ejerce García Montero. Sus sostenes son tres: publica su obra en Planeta y Penguin Random House, las dos mayores casas editoriales en lengua española: su poesía en sellos de Planeta y su endeble prosa en sellos de PRH. El segundo resorte de poder son los medios del grupo mediático Prisa donde ejerce una influencia enorme que se extiende desde hace décadas a la potestad como jurado en numerosos premios y certámenes de poesía. El tercero y último es el poder mayor: cuenta con el respaldo del actual gobierno que lo nombró director del Instituto Cervantes.

Estos son los datos objetivos. De modo que cabe preguntarse: puesto que el Instituto Cervantes es un organismo público que pagamos todos los españoles ¿no sería más lógico que fuera dirigido por alguien exento de polémicas como las que desde hace tanto tiempo pesan sobre él?

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