La lección manga

No voy a engañaros, no soy la persona que más sabe de Manga del mundo, y ni siquiera me suscita un interés genuino como si lo han hecho otros nombres del cómic anglosajón como Ed Brubaker, Matt Fraction o Geoff Johns, por no hablar de Moore, Miller y los grandes nombres ya muy transitados y que siempre salen a la palestra. Pero sí he leído cosas hiper populares (y que han trascendido) como ‘Berserk’ o ‘Death Note’ y les reconozco su absoluta magia y esa receta adictiva. De hecho, algo tan sencillo como que se lean a la inversa es un handicap mayúsculo para un vago instalado en su zona de confort como yo, con lo que -al final- nunca me he adentrado en ese mundo más de lo mínimo imprescindible.

Pero que uno no sea un erudito en el Manga (ni esté cerca de serlo) no quiere decir que sus cifras no sean tan llamativas que ignorarlas nos sea completamente imposible. Y para muestra un botón: ‘One Piece’ (de Eiichiro Oda) ha vendido más de 480 millones de cómics en todo el mundo, el legendario ‘Dragon Ball’ (de Akira Toriyama) alrededor de 300 millones de unidades, ‘Golgo 13’ (de Takao Saito) unos 280 millones de copias, y así podríamos seguir (abrumándole con cifras) hasta el hastío. No solo de Mangas clásicos, sino también con títulos actuales en los que uno se pierde y en una industria que sigue creciendo mientras usted lee estas líneas. 

Tampoco estoy descubriendo la penicilina, se trata de toda una industria multimillonaria desde finales del siglo 19 y que abarca a todas las edades en Japón. De hecho, se estima que el valor del negocio en 1995 -y solo en aquel país- era de 7 billones (sí, con b) de dólares solo en el país asiático: unos siete mil millones de euros, euro arriba, euro abajo. Por supuesto, esas cifras se logran teniendo a un país entero (con todos los gremios, sectores y rangos de edades) consumiendo Manga.

Y con el género ocurre lo de siempre, que es desdeñado como arte menor por una gran parte de la población. Y lo peor no es mirar y juzgar a toda una industria desde la soberbia, sino hacerlo desde el más completo desconocimiento. Por ejemplo, ‘Oyasumi Punpun (de Inio Asano) narra la dificultad de la adolescencia desde el existencialismo y el nihilismo y en él encontramos viñetas y bocadillos que nos dejan completamente exhaustos a nivel emocional. O ‘Tajuu  Jinkaku Tantei Psycho’ (de Shouu Tajima y Eiji Otsuka) en el que con la excusa de la aparición de un asesino en serio, nos adentraremos en la complejidad del desorden de personalidad múltiple. No solo se trata de puñetazos, robots gigantes y chicas atractivas, hay mucho más, más alla de esa visión superficial y barata que normalmente rodea al fenómeno. Es por ello que el desprecio —ya sea implícito o explícito— al Manga no solo es una prueba manifiesta de ignorancia, sino casi un insulto a todo un país, su cultura y la exportación de algo (que podía ser considerado localista) a todo el mundo con unas cifras que ya quisiera el resto. Repito, no soy un gran conocedor del Manga ni de todo el negocio que genera, pero solo rascando un poco la superficie uno se da cuenta de que nos han dado tantas lecciones y a tantos niveles (visuales, narrativos, creativos, de negocios, de marketing, de publicidad…) que solo podemos quitarnos el sombrero ante un fenómeno que es de todo menos nuevo. O eso, o seguimos mirándolos por encima del hombro, con la prepotencia del que nunca sabe nada. Al fin y al cabo, y como sucede con el manga (que toca cualquier asunto imaginable), tiene que haber de todo.

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