La intensa ola de escritura femenina

Hoy es 8 de marzo, la conmemoración es importante porque todas queremos que, en un futuro, no haya un día especial para nosotras, marchamos por eso. Esa vez no iré del brazo de mis amigas en el contingente de Amnistía Internacional con el que me manifiesto desde años antes de la pandemia. Estoy lejos de mi ciudad y tendré que hacer activismo en un país diferente, pero con las mismas preocupaciones y consignas. A estas alturas el feminismo es mucho más que la mera reivindicación de la posición social de la mujer frente a los hombres no es un versus, no estamos “contra”, pero si estamos frente a ellos.

De entre los bastiones más disputados en épocas recientes se encuentra la literatura, menciono esta lucha de manera intrínseca porque pienso en los premios. Ahora los escritores firman con seudónimos femeninos para ganarlos (risas grabadas de las hermanas Brontë). Este texto no busca biologizar la literatura, más bien busca como en su momento lo hicieron las sufragistas: un derecho a_______ (póngale el derecho de su preferencia), y en mi caso, tienen que ver con un acceso a equitativo a la publicación, a tener un texto impreso o en electrónico disponible en una biblioteca, librería o feria. Ese es primer paso para ser leída, no basta con escribir.

Con verdadero reproche hacia mi misma, recuerdo que, en 2020 durante el aislamiento social por la emergencia sanitaria, me di a la tarea de reacomodar mi biblioteca personal y descubrí que sólo un 20% de una buena cantidad de libros eran obras escritas por mujeres. No se trata de leer por cuota, pero el desequilibrio histórico de mis lecturas me explotó en la cara. Si bien Rosario Castellanos, Elena Garro, Inés Arredondo, Josefina Vicens, Luisa Josefina Hernández y Guadalupe Dueñas tienen su lugar en mi formación lectora. Además, el fantasma de Sor Juana siempre ronda mis obsesiones junto a varias poetas chilenas, uruguayas y argentinas completan la sesión espiritista.

Prescribir un libro parece cosa sencilla pero no es fácil, superado el algoritmo, nos queda llana y modestamente la humanidad, un libro recién leído y compartido con quien creemos pueda disfrutar su lectura. Por eso no creo pertinente una lista, un top ten o una selección arbitraría por gusto personal. Simplemente me propuse leer a una nueva escritora cada mes, y mi propuesta es que ustedes hagan este mismo ejercicio en el formato que puedan, tomen un libro con un nombre desconocido en la tapa, sin importar nacionalidad, reconocimientos o seguidores en redes sociales.

Aclaro que este texto tampoco va de prescripción, en este punto ustedes se preguntarán, ¿por qué nos tiene leyendo si no va a dar los nombres de las escritoras del “momento”? ¿Qué tipo de artimaña comercial nos aplicará para invitarnos a leer tal o cual autora “imperdible”?

Lo siento, pero invoco el  espíritu de Luxemburgo, Storni, Laforet y Butler, para asegurar que esta cavilación tiene que ver no con etiquetar y sino con implosionar un falso “boom” o “fenómeno”. En los últimos tres años he tenido la suerte de acercarme a la narrativa femenina en español en el continente americano de primera mano. El asombro no tiene que ver con el “sexo” o la “identidad” de la literatura, a veces ni con la mano de quien la escribe, sino con la invisibilidad categórica que pesaba sobre la escritura de las mujeres en  momentos históricos clave de lo que llamamos Latinoamérica.

¿A dónde voy entoces?

A la influencia entre diferentes grupos generacionales de escritoras, a la búsqueda de nuevos planteamientos frente a los temas, las genealogías, la política, la maternidad y sobre todo a la representación de la persona en femenino más allá del útero o la vulva. Nora, Emma y Ana, fueron imaginadas y escritas por seres masculinos, y no por eso dejan de ser mujeres pioneras en la rebelión de las ideas y estandares de género. Cuando entrevisté a Camila Sosa Villada en el “chester rojo” de Publishers Weekly en Español durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2022, me atreví a decirle que «Las malas somos todas».

Otro punto a destacar en esta reflexión es que por más artisticas y sin fines de lucro que busquemos proceder, esto es una industria y que el mercado editorial se muestra alerta y feroz en la localización de la siguiente escritora que acumule millones de ejemplares vendidos por todo el mundo. Cosa que sucede en Estados Unidos y quizás en Europa, aunque América Latina tuvo sopresas inesperadas como la lectura sincronizada de Cometierra, el libro de la argentina Dolores Reyes que la mayoría leímos en electrónico y que en cuanto se levantó la cuarentena, se convirtió en uno de los más buscados en papel. Es aquí, donde la figura  de las editoriales independientes toma relevancia, fue desde esa trinchera, donde la batalla por un primer libro comenzó a ponerse pareja. Dictaminadoras, editoras, ilustradoras, correctoras de estilos, diseñadoras, imprenteras y libreras hicimos un frente común para leernos y para que la lectura no se quedara ahí, sino que circulara, que se conviertiera en producto cultural vivo hasta donde la distrubución y la avalancha de novedades le permitan sobrevivir.

Antes de terminar esta primera entrega que tiene que ver con romper la linealidad y banalidad en las recomendaciones literarias que responden al «momento de las escritoras latinoamericanas». Me despido con Ceniza en la boca, aunque Necesito saber hoy de tu vida debo reconocer Todo lo aprendimos en las películas. Si Yo maté a un perro en Rumanía fue un mero accidente, aunque llegué a sentir El asedio animal.

Si encuentro El corazón del daño, llegará una segunda parte de La encomienda.

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