Javier Marías, veinte años como rey de Redonda

Había una vez una pequeña isla bañada por las aguas cálidas del mar Caribe cuyo escarpado aspecto nunca sedujo a descubridores ni colonos. Avistada por Colón durante su segundo viaje en 1493 sin ni siquiera detenerse a poner un pie en ella, esta roca circular flotando en mitad de las rutas marítimas de corsarios y tiburones, estaba destinada a convertirse en un reino literario.

El rey, Xavier I de Redonda, es el cuarto de una dinastía que comenzó como un regalo de cumpleaños de un banquero a su hijo, el escritor M.P. Shiel (rey Felipe I de Redonda) cuando este tenía quince años. Desde aquel día, el azar, los libros y el tiempo tejieron una compleja red de intrigas palaciegas, ventas fraudulentas de títulos y coronas, borracheras y abdicaciones que vinieron a confluir en un joven escritor español de paso por su amada Inglaterra quien resultó ser el afortunado en extraer, sin quererlo, la espada del yunque. Este joven rey, Javier Marías, el cuarto en la dinastía del reino y el primer rey de origen español, asumió con dignidad y valentía el encargo y decidió honrar a su reino literario haciéndole un magnífico regalo: la fundación (y financiación) de la editorial Reino de Redonda, que se inauguró en 2000 con el volumen de cuentos fantásticos La mujer de Huguenin del mismo M. P. Shiel, escritor y primer monarca de Redonda. 

La isla sigue allí, inmutable, muy cerca de las islas antillanas de Monserrat y Antigua, en las coordenadas 16º 56´ latitud Norte, 62º 21’ vigilada por alcatraces y poblada, en sus escasos tres kilómetros cuadrados, por el más denso e ilustre censo del mundo. Duques, duquesas, vizcondesas, maestro de armas, cónsul y hasta un comisario de agitación y propaganda, todos ellos pertenecientes al mundo de las letras, el cine, la cultura, moradores y cómplices de un reino que solo existe en el juego legendario y en la literatura, y que en los primeros años coincidieron en un magnífico premio literario del que el monarca y el escritor, pero sobre todo el gran lector que sigue siendo Javier Marías, se siente tremendamente orgulloso. Se trataba del Premio de Redonda que tenía el mejor jurado imaginable, pues en él estaban, por citar algunos Claudio Magris, Coetzee, Alice Munro, Ashbery, Rohmer, Ford Coppola, Mendoza, Savater, Almodóvar, George Steiner, William Boyd, Villena, sir John Elliott, Lobo Antunes o Pere Gimferrer. Probablemente el mejor jurado del mundo.

“No existe que yo sepa —afirma el propio Javier Marías convencido— un jurado equivalente”. Acto seguido, aparece el lamento, más que justificado, del novelista: “Pero como digo, vivimos en un país singular y llegó un momento en el cual la prensa de aquí ni siquiera hacía una pequeña mención del premio, ni de la editorial ni de nada y ya al final, ni una nota. Así que un buen día me dije: ‘no tiene sentido hacer esto para que no se entere nadie’.  Y esa fue la razón por la que decidí acabar con la existencia del premio”. En total, han sido trece escritores los premiados (de 2001 a 2014), entre los que se cuentan Banville, Ian McEwan, Milan Kundera, Umberto Eco, Coetzee o Alice Munro. “No está nada mal”, afirma con melancólico orgullo, añadiendo, además que entre ellos hay dos premios Nobel de Literatura. 

La editorial

La editorial Reino de Redonda cumple este 2020, veinte años de vida y en ese tiempo sus responsables, Javier Marías y Carmen López Mercader, han logrado reunir un catálogo exquisito, selecto, elegante, de títulos imprescindibles. Acercarse al escaparate de una de esas librerías sabias, nutridas con fondo, capitaneadas por libreros que son también lectores, y descubrir en el escaparate o en las mesas de novedades un nuevo libro de la editorial Reino de Redonda es garantía de felicidad. Sus volúmenes inundados de color y atravesados por una esbeltísima flecha art nouveau como guiño a Shiel, el primer rey de Redonda, constituyen la elegante guardia pretoriana de un monarca que sabe elegir tan bien a sus súbditos como los volúmenes de su regia biblioteca.

Son ya treinta y seis títulos los que integran esta colección realizada con el más exquisito de los gustos bibliófilos: tapa dura, papel grueso blanco inmaculado, letra mediana, distinguida, serena para unos textos magníficamente traducidos y un prólogo o “nota previa” (como prefiere llamarlo el editor) firmada por plumas consagradas: Mendoza, Savater, Pérez-Reverte, Antony Beevor, Francisco Rico, J.J. Norwich, Juan Benet, Jacinto Antón, Zadie Smith o el propio Javier Marías. El texto está arropado por un nutrido apéndice sobre la historia del reino y sus moradores literarios y se culmina (para placer exclusivo de bibliófilos detallistas) con un regalo sutil en cada volumen: confiado entre las páginas, un preciso separador rectangular recoge la biografía y retrato del autor, así como la sinopsis del libro, de manera que la portada queda limpia de lectura para que en ella dominen flecha, título, autor, prologuista y traductor asentados sobre una armonía variable de colores que se alternan y repiten en sus portadas a lo largo de los números de la colección con una mudanza posmoderna casi musical, como si fuesen unas literarias variaciones Goldberg de Bach interpretadas por Glenn Gould.

En cuanto a los detalles organizativos de la editorial, Javier Marías nos explica que “seguramente Reino de Redonda es la editorial más pequeña y pausada del Reino de España, ya que publica tan sólo dos títulos al año, o a lo sumo tres. Además, no tiene sede más que nominal, ni plantilla, ni equipo, ni colaboradores externos, ni encargado de prensa ni nada por el estilo. La formamos dos personas, una en Madrid, que soy yo, y otra en Barcelona, Carme López Mercader, que es la encargada de las ediciones, es decir, de que los libros existan. La distribuidora Ítaca me hace el favor de colocar algunos ejemplares en las librerías, y mi agente literaria Mercedes Casanovas me echa una generosa mano en la contratación de derechos (cuando los hay). Y sin duda ha de ser la única editorial que no hace cuentas: sé que es deficitaria, porque sus volúmenes están cuidados, llevan muy buen papel y encuadernación, y a los ocasionales traductores les pago el máximo y, si lo desean, la mitad por adelantado, pues no en balde fui yo traductor en su día y habría deseado ese trato para mí”.

Javier Marías insiste: “Me limito a recuperar maravillosos libros olvidados y a ofrecer algunos nuevos que en mi opinión deberían ser conocidos en mi lengua o en mi país”. Es el caso de los artículos de Jorge Ibargüengoitia, el extraordinario autor mexicano muerto en Barajas hace ya muchos años, que aparecen con prólogo y selección de Juan Villoro. Son, en realidad, rescates fundamentales de autores fundamentales (Isak Dinesen, Conrad, Hardy, Yeats, sir Thomas Browne, el Capitán Alonso de Contreras o el gran sir Steven Runciman) o bien textos interesantísimos desconocidos en español (Viaje de Londres a Génova de Baretti, los cuentos de Vernon Lee o los recuerdos del fusilero Harris que combatió en la Guerra de la Independencia).

Hay un poco de todo: viajes, asesinatos, fantasmas, ciencia ficción, historia, juicios, papas, guerras, revoluciones, biografías, relatos, novelas, poesía… Hasta una selección de “cuentos únicos”, clasificados así por el mismísimo Javier Marías. ¿Cómo no anhelar tener esta exquisitez en las estanterías de nuestras bibliotecas?

El destino

Lo que sale de Reino de Redonda es muy lento y modesto, reconoce el escritor, pero al menos se puede tener la certeza de que está en buenas condiciones. “A pesar del desánimo y el cansancio inevitables seguimos adelante”. El próximo título, como el propio Marías escribe de su puño y letra en un fragmento de carta dirigida a la autora de este artículo, llegará de manera inminente a las librerías. Se trata de “León en el jardín”, las famosas entrevistas con William Faulkner entre 1926 y 1962. “Supongo —admite reflexivo y esperanzado el cuarto monarca de Redonda— que el verdadero destino de estas publicaciones es convertirse, de aquí a unos años, en objeto de coleccionistas, los cuales acaso busquen desesperadamente el título que les falte para completar su colección. ‘Doy lo que sea por Browne’, dirán. ‘O por Bruma de Crompton, o por La mujer de Huguenin’. A eso quizá se le llama trabajar para la posteridad. Les aseguro que en modo alguno era esa mi intención”.

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