Fondo de Cultura Económica, crónica editorial de una resistencia

Fundada por Daniel Cosío, FCE afianzó la relación entre México y la España exiliada en un tiempo de reformulación económica, social y política

Es una constante preocuparse por el futuro del libro, cuestionar su vida digital, su dependencia o independencia, su razón de ser, su cauce. Su pasado se explora con fascinación y poco a poco se reconstruye. En las charlas sobre el presente y el futuro del libro no suele recordarse el pasado y en las charlas sobre el pasado no siempre se considera su devenir. Ambas exploraciones son fundamentales para entender uno de los más grandes tesoros de la comunicación. El Fondo de Cultura Económica no solo ofrece un catálogo inigualable con lo mejor del pensamiento y la literatura en español, sino una de las historias más motivantes y enriquecedoras tanto para el quehacer editorial como para cualquier acción orientada hacia una sociedad de bienestar.

Daniel Cosío Villegas (1898-1976) encabezó una generación de jóvenes estudiantes que en los tempranos veinte del siglo pasado estaban convencidos de que había que superar el atraso social a través de la educación, con una perspectiva latinoamericanista. Fue un estudiante de derecho con intereses en la economía, preocupado por su país y comprometido con su desarrollo. Era consciente de las carencias educativas a las que se enfrentaba y que no podría cubrir en México. Pronto se incorporó al servicio diplomático y aprovechó una de esas misiones para especializarse en economía en el extranjero e integrarse en una gran red internacional de conocimiento.

Cosío y otros personajes como Jesús Silva Herzog, que se había formado en economía de manera autodidacta, emprendieron la creación de institutos, sociedades y publicaciones periódicas dedicados al estudio de tal disciplina. Silva incluso creó en 1928, en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, el Departamento de Biblioteca y Archivos Económicos. Vivimos en un presente en que el poder es el móvil de empresarios y políticos; me pregunto si los actuales políticos lucharían por generar espacios de formación y conocimiento en sus dependencias; eso significaría que el político y el empresario están involucrados en el círculo de producción y preservación del conocimiento. Paso a paso, este grupo de jóvenes gestionó la formalización de los estudios de economía, que llevó a la creación de una escuela con esa especialidad. Sin embargo, Cosío Villegas se dio cuenta de que los estudiantes tenían muy bajo nivel educativo, que no contaban con lenguas extranjeras y la bibliografía adecuada básicamente estaba en inglés. Además, en México aún no había ninguna editorial con la capacidad de cubrir tal demanda bibliográfica. Así fue como a Cosío se le ocurrió plantearle a la editorial Espasa-Calpe la creación de una colección de textos de economía y, a través de Genaro Estrada, entonces embajador en España y quien a su vez acudió con su amigo Fernando de los Ríos, parte del consejo editorial de aquella casa, le hizo llegar su plan de publicaciones. Es una anécdota famosa por triste. Todo parecía indicar que Espasa-Calpe tomaría el proyecto. No obstante, según narró el mismo Cosío, durante la junta que se dedicó al tema, el famoso filósofo José Ortega y Gasset, consejero mayor de Espasa, adujo que “el día que los latinoamericanos tuvieran que ver algo en la actividad editorial de España, la cultura de España y la de todos los países de habla española se volvería una cena de negros”.

Tiempo de oportunidades

Cuando una puerta se cierra otra se abre. Después del viaje a España, consciente del veredicto, en 1933 Cosío regresó, como él mismo lo describió, “alicaído” a México y se encontró con su amigo Eduardo Villaseñor. Ambos llegaron a la idea de publicar una revista similar a la Economic Quaterly. Fue así como con noventa y cinco páginas y sesenta distinguidos colaboradores nació en enero de 1934 la edición de la revista El Trimestre Económico, que hasta la fecha aparece, aún hoy en una plataforma electrónica.

Los interesados en promover la formación económica en México se dieron cuenta de que la revista no era suficiente, por lo cual apremiaba publicar la bibliografía. No sabían ni cómo ni con qué recursos, pero así como se hicieron economistas se hicieron editores. No tenían afán lucrativo: querían que las utilidades fueran suficientes para producir novedades. Es interesante que los integrantes de este grupo trabajaban o estaban en contacto con altos cargos de la Secretaría de Hacienda, del Banco de México, Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas, Banco Nacional de Crédito Agrícola y Ganadero, entre otras instituciones de similares características, y aprovecharon sus vínculos profesionales para solicitar la participación económica de esas dependencias. Fue con el modelo de trust que con veintidós mil pesos echaron a andar el Fondo de Cultura Económica. En 1935 aparecieron los primeros libros: El dólar plata de William P. Shea, en versión de Salvador Novo (“¡traducido por un poeta!”, exclamó Cosío), y Karl Marx de Harold J. Laski, en versión de Antonio Castro Leal. Para el historiador Javier Garciadiego fue revelador de la escasa profesionalización en México el que un poeta se haya ocupado de la traducción de El dólar.

La editorial tomó una oficina que le prestó el Banco Nacional Hipotecario. Los integrantes del Fondo no habían dejado sus actividades como funcionarios, lo que marcó un inicio lento hasta que Cosío tomó la dirección general. Pero antes, a tan sólo dos años de la publicación del primer libro, fue designado representante diplomático en Portugal, donde estrechó su amistad con el embajador español Claudio Sánchez Albornoz y donde se dio cuenta del peligro inminente que experimentaban los españoles en la Guerra Civil y las desgracias mundiales que se aproximaban. Fue él uno de esos héroes mexicanos invisibles que propició el rescate de 1939. Hizo llegar al presidente Lázaro Cárdenas la propuesta de invitar al país a ciertos intelectuales españoles a que continuaran con sus actividades impartiendo conferencias y cursos en México. Con esta idea se creó la Casa de España en México en 1938 (a partir de 1940, Colegio de México), que ocupó una oficina contigua a la del FCE. Alfonso Reyes, en aquellos momentos embajador en Argentina, tuvo una idea similar. Él y Cosío emprendieron esa misión. En 1938 comenzaron a llegar intelectuales destacadísimos, como Enrique Díez-Canedo y parte de su familia, o José Gaos. Muchos de ellos se habían formado con el programa de pensiones o becas de la Junta para Ampliación de Estudios, que les permitió especializarse en las mejores universidades europeas, por lo que a México llegó un buen número de profesionales de muy alto nivel. Se incorporaron filósofos, historiadores, economistas que muy pronto propiciaron la diversificación en las publicaciones del FCE. Además, algunos de ellos impartían cátedra, lo cual fue muy importante, porque varios de los cursos que prepararon devinieron en ediciones críticas y traducciones de las obras más importantes del pensamiento contemporáneo, como La historia como hazaña de la libertad de Benedetto Croce, en traducción de Enrique Díez-Canedo (1942); El capital de Karl Marx, en versión de Wenceslao Roces y en tres tomos y cinco volúmenes (1946-1947), o el Ser y tiempo de Martin Heidegger (1951), en versión de José Gaos, por citar tres ejemplos. De pronto el FCE llenó su plantilla de colaboradores exiliados. El primer mexicano ingresó en 1946 y fue nada menos que el brillante Antonio Alatorre. El catálogo se amplió tanto que la economía tomó lugar como serie junto con las de historia, sociología, política y filosofía. El exiliado José Moreno Villa, con ese trazo tan sencillo pero a la vez complejo, dio forma al logo de la editorial. Pronto se configuró una de las más grandes empresas editoriales en español. El equipo aprovechó cada oportunidad. Se asociaron con una imprenta, la Gráfica Panamericana, y comenzaron a imprimir sus propios libros. Asimismo, se expandieron a otros países latinoamericanos. 

El Fondo se ensancha

Cosío Villegas invitó a Arnaldo Orfila —que conoció en un congreso en México en 1921— a dirigir la sucursal en Buenos Aires en 1943. Cinco años más tarde, por diferencias públicas con el gobierno de Miguel Alemán, Cosío decidió retirarse de la dirección del Fondo y volvió a invitar a Orfila a dirigir, esta vez, la casa matriz. Entonces comenzó una nueva etapa. El tono latinoamericanista se fortaleció y nacieron los Breviarios, la serie de Lengua y Estudios Literarios, las Letras Mexicanas, la colección de Antropología o la de Psicología y Psicoanálisis, dirigida por Erich Fromm, por citar algunas. Se integraron al equipo jóvenes mexicanos e hijos de refugiados: Juan José Arreola y Alí Chumacero, por ejemplo, y Joaquín Díez-Canedo tomó la jefatura de producción. Fueron pocas las mujeres que colaboraron visiblemente en el FCE. En muchos casos fueron colaboradoras externas. Entre ellas podemos encontrar a la poeta y prolífica traductora Ernestina de Champourcin y a Elsa Cecilia Frost en el departamento técnico. Con Orfila la edición también tomó nuevos formatos: los famosos diseñadores holandeses Alexander A. M. Stols y Balduino configuraron a cada colección una personalidad propia.

Desde los tempranos sesenta, el FCE comenzó a cerrar otra etapa. En 1961 Díez-Canedo dejó la editorial para emprender Joaquín Mortiz. Al año siguiente Silva Herzog dejó la Junta de Gobierno. El mismo año en que Gustavo Díaz Ordaz tomó posesión de la presidencia de México, 1964, Orfila publicó Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis. También es muy conocida esta anécdota por triste. La novela provocó mucha molestia en el gobierno y Orfila fue destituido de la dirección del FCE. En su lugar se designó a Salvador Azuela, quien no contaba con la experiencia para llevar la editorial como la llevaron sus dos anteriores directores. En este periodo se disolvió la Junta de Gobierno y la Secretaría de Hacienda se encargó del FCE. A partir de ese momento, la vida de esta editorial ha tenido muy buenas épocas y otras no tan buenas. Sin embargo, luchó por ser una editorial de vanguardia en distintas áreas de conocimiento. Son muchas las colecciones valiosas que han aparecido después de esta historia: A la Orilla del Viento, Libros sobre Libros, Ciencia para Todos, por citar las más conocidas.

Para la redacción de este artículo me he basado en los libros Historia de la casa. Fondo de Cultura Económica (1934-1996) de Víctor Díaz Arciniega (2.ª ed. México: FCE, 1996), Imprenta y vida pública de Daniel Cosío Villegas (Gabriel Zaid, comp. México: FCE, 1985), Catálogo General 1955 (México: FCE, 1955) y El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México de Javier Garciadiego (México: FCE, 2016). Se trata de una editorial con tal importancia y tal historia que publica los libros sobre su propia importancia y su propia historia.

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