FALLECE EL PREMIO CERVANTES Y REINA SOFÍA

Margarit o la honesta intensidad del poeta bilingüe

Un repaso por la obra de uno de los más profundos poetas españoles del último medio siglo

“Y tu silencio suena como un saxo / de oro negro en el fondo de los días sin ti”. Todavía está caliente la voz del cantante Miguel Poveda recordando esos versos de Los motivos del lobo (1993), en la despedida de Joan Margarit. El penúltimo Premio Cervantes amaba la música como “un placer maldito”. Y tanto como a la música, amaba a su profesión, la arquitectura. Y tanto como a las dos juntas, a la poesía, que en realidad fue su vida hasta el final. “Siempre he tenido la conciencia de que para mí la poesía se extendía por toda la vida”, escribió Margarit en el prólogo de la primera edición de Tots els poemes 1975-2011.

Poco pudo saborear el reconocimiento de los dos grandes premios a los que puede aspirar un poeta en lengua castellana: el Cervantes y el Reina Sofía, ambos concedidos en 2019. Pero sí lo justo para declarar, con rotundidad, su condición de poeta bilingüe. En catalán, por vía materna, y en castellano, como el idioma que le impusieron siendo niño, cuando le recriminaban que no hablara “en cristiano”. “Me ahoga el castellano, aunque nunca lo odié. / Él no tiene la culpa de su fuerza / y menos todavía de mi debilidad”, dejó escrito. Una fuerza que le llevó a escribir indistintamente en catalán y en español y, más que a traducirse a sí mismo, a publicar versiones de sus textos en un trasvase que él manejó como muy pocos. 

Hijo de arquitecto, Joan Margarit nació en Sanaüja, Lérida, en 1938, en plena guerra civil. Su primer libro de poemas lo publicó en español, en 1963: Cantos para la coral de un hombre solo. Tendrían que pasar más de diez años para que apareciera el siguiente, Crónica (1975), que abriría una carrera poética que se desarrollaría también en catalán a partir de L’ombra de l’altre mar (1981).

El jurado del Cervantes reconoció la lucidez y la innovación entre las grandes cualidades de la poesía de Margarit.  La lucidez le llevó a identificar poesía y vida como dos caras de una misma moneda. En los momentos vibrantes, pero también en los más intrascendentes. Y en los más dolorosos. Fuera de la poesía, como fuera de la arquitectura, “el hombre se encuentra a la intemperie”, dijo. Y la capacidad de innovación le permitió crear su propia escuela, deliberadamente alejada de toda corriente. Una inspiración constante a la hora de construir cada poema con su sonoridad, su emoción, su trascendencia y su “poder de consolación” a partes iguales. Cada texto como una pequeña obra de arte en sí mismo.

En 2018 apareció en catalán (Proa) y en castellano (Planeta) su autobiografía Para tener casa hay que ganar la guerra: infancia, adolescencia y primera juventud. En ella se da cuenta de la forja del carácter de este poeta celebrado en todo el orbe de habla hispánica y traducido a numerosas lenguas, cuya profunda humanidad gana al lector desde cada poema. “Ninguno de nosotros contamos mucho –dijo también en el prólogo a sus obras completas—, incluso los que parecen contar mucho. Pero nos puede salvar lo mismo que, curiosamente, también puede salvar al poema: su honesta intensidad”.

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