Fallece, a los 51 años, el escritor gallego Domingo Villar

Hoy, miércoles 18 de mayo, ha fallecido el escritor vigués Domingo Villar, tras sufrir una hemorragia cerebral. Domingo Villar, era uno de los escritores gallegos contemporáneos más reconocidos. Padre del inspector Leo Caldas, personaje con el que conquistó el corazón de los amantes de la novela negra en España y en los más de 15 países donde sus obras fueron publicadas. 

Ojos de agua (Siruela, 2006) fue su primera novela publicada, a ella le siguió La playa de los ahogados (Siruela, 2009), que fue adaptada al cine en el año 2015 bajo la dirección de Gerardo Herrero. 10 años pasaron hasta que, en 2019, viera la luz su tercera y última novela El último barco, que, como toda su obra encontró en Siruela su casa.

Hoy, desde Publishers Weekly, nos unimos al pesar de su familia, amigos, y lectores; y recuperamos a modo de homenaje la entrevista que publicamos en el número 18 de nuestra revista en papel, con motivo del lanzamiento de su último libro Algunos cuentos completos (Siruela, 2021). Descanse en paz.


Domingo Villar: “Mis novelas son historias policiacas por fuera, pero por dentro son cuentos de amor a una tierra”

Hay invitados que llevan a una cena flores o vino. Sin embargo, Domingo Villar regala cuentos. Es fácil imaginarlo alrededor de una mesa contando cuentos que celebran la risa compartida, la amistad y la vida. El escritor de Vigo publica en Siruela Algunos cuentos completos, una belleza de libro ilustrado con los linograbados del artista Carlos Baonza.

El autor de la conocida saga policíaca protagonizada por el inspector Leo Caldas, se mueve en esta ocasión en un terreno más tranquilo y jubiloso, el de los cuentos, con los que no siente el vértigo que le provoca la publicación de cualquiera de sus novelas negras, con las que reconoce pasarle un tsunami por encima. 

El encuentro se lleva a cabo en la sede de su editorial, en el madrileño barrio de Chamberí, durante el transcurso de la Feria del Libro, que dice congraciarle con el oficio “y hasta con la humanidad” cuando ve las colas enormes de gente que desea entrar a un lugar donde se festejan los libros. Villar está seguro de que estos tiempos de confinamiento han permitido que muchas personas que se habían apartado de sus bibliotecas hayan redescubierto el placer de crear a medias una vida prestada con un escritor.

—Tengo entendido que ha escrito cuentos siempre. ¿Por qué ven la luz ahora?

—Yo pretendía mantener los cuentos como materia oral. Durante muchos años los he escrito y los he leído, en determinados encuentros con lectores o con amigos. Por eso son cuentos breves, porque pretenden que sean como un vino, como algo para celebrar y que no exija demasiado esfuerzo o tiempo. Que fueran como un regalo para celebrar la amistad, el estar juntos, como si descorchásemos una botella de licor café. Como han venido estos tiempos, en los que los abrazos nos los hemos tenido que guardar y los besos nos los hemos tenido que tragar, y los encuentros se han visto restringidos a muy pocas personas, me parecía que de alguna manera publicar ahora los cuentos era reproducir esos momentos luminosos y ese júbilo de celebrar la vida y la amistad.

—¿Cómo surge la colaboración entre Carlos Baonza y usted?

—Durante estos años, en algunas ocasiones, me he juntado con Carlos Baonza y con otro amigo finés que es pianista y juntos hicimos una suerte de performance. Más bien es que cuando nos juntábamos con más amigos, mientras yo leía los cuentos, Carlos los iba dibujando y Samy iba improvisando al piano y después había espacio otra vez para las risas, y los vinos y luego otro cuento, y así, poco a poco, pasábamos la tarde. Hacer este libro con Carlos Baonza contando con su condición de artista fecundo y completo ha sido maravilloso.

—Y es entonces cuando se hace la magia y se crea un diálogo perfecto entre ambas artes.

—Él ha ido haciendo unos linograbados que han permitido a mis cuentos volar mucho más alto, porque no se ciñen a lo que el texto describe sino que muchas veces vuelan por libre y permiten expandir mucho más mis narraciones.

—Todo esto con la complicidad de Siruela.

—Desde hace años la editorial quería que publicase mis cuentos, pero las veces que surgió la conversación pensé que no era el momento. Yo quería que permaneciesen en el territorio íntimo.Y ahora que las circunstancias habían cambiado, cuando lo propuse a Siruela les comenté que me gustaría hacerlo de la mano de Carlos Baonza y me dijeron que no lo conocían. Así que nos fuimos a su casa-taller, a Bustarviejo y solamente entrando en la finca, que está jalonada de esculturas, tiene casas en los árboles y está llena de pintura, y cada quiebro es un encuentro… al bajar del coche, la mirada de Ofelia Grande (la directora de Siruela) ya me decía que estaba de acuerdo con que Carlos ilustrase el libro. Y luego ha sido maravilloso ver cómo él paría todos los linograbados.

—¿Ha sido un trabajo paralelo?

—No, porque mis cuentos ya estaban escritos, menos el último, que es más largo, porque me daba la sensación de que el libro exigía que algún cuento fuese un poco más extenso, porque todos, al tener vocación oral eran muy breves. Para mí no ha supuesto un encierro previo a la publicación del libro. No he tenido más que elegir diez cuentos de entre los que estaban escritos. En cambio, Carlos sí ha tenido que ver cada cuento y preparar los linograbados, pensar las páginas. Lo cierto es que ha sido un lujo vivir esa experiencia creativa con él.

—¿De qué manera ha hecho la selección de esos cuentos, porque algunos ya habían sido publicados, otros eran inéditos…?

—En general hemos elegido cuentos que fueran luminosos, que fueran alegres. Incluso los que mueren lo hacen felices (risas) y son cuentos que tienen el hilván común de mi tierra gallega, del viaje, del mar, pero también el hilván común de ver la vida con un poco de ironía y de que se decanten las sonrisas a lo largo de las páginas.

—¿Estarán confundidos sus lectores por haber pasado de la novela negra a los cuentos?

—Puede ser que estén un poco sorprendidos, si. De todas formas, yo siempre defendí que mis novelas son historias policiacas por fuera, pero que por dentro son cuentos de amor a una tierra y a una forma de ver la vida y a una mirada un poco nostálgica del mundo. Tengo la sensación de que el mundo gira demasiado deprisa y no estoy seguro de que lo que me voy a encontrar después de tantas vueltas me vaya a gustar más que lo que había antes. Escribir acerca de una tierra más en calma me permite escapar de ese vértigo. Incluso en mis novelas hay aventuras literarias que llevan a conocer personajes un poco distintos. Los momentos que más me gustan no son los más trepidantes, ni los que tienen que ver con la investigación, sino con la familiaridad de los personajes y sus historias íntimas y en eso no son tan distintos de los cuentos. Yo creo que la voz narrativa es parecida, aunque es verdad que aquí no existe la trama como acelerador de la historia y los cuentos son meramente lúdicos.

—Usted dice que el cuento le sale de una manera mucho más fluida que la novela.

—Yo no soy capaz de enfrentarme a nada que sea demasiado extenso. Es verdad que tengo novelas de más de setecientas páginas, pero están hechas de peldaño en peldaño. Yo tengo ánimo, voluntad y valor para escribir un capítulo y hacerlo prácticamente como si fuera un cuento cerrado, con introducción, con unos hechos que suceden, con desenlace y así, poco a poco, soy capaz de subir una escalera. En cambio, con el cuento no tengo esa necesidad de ir más lejos, tiene algo de equilibrismo, necesitas no caerte y mantener una tensión durante todo el tiempo. Y luego tiene algo de prestidigitador también: Igual que cuando escribes una novela negra tienes que buscar un final sorprendente, con el cuento ese final está en dos líneas, pero debe de tener algo que justifique el resto de la grabación. Estos cuentos no buscaban otra cosa que la sonrisa o la sorpresa de mis amigos.

—¿Para qué escribe Domingo Villar?

—Creo que para domar la imaginación. Siempre fui un niño enormemente fabulador y cuando la edad hacía que las fábulas me produjesen sonrojo comencé a escribirlas. Me permite vivir una vida prestada, así como vivir y pensar en la vida. La literatura tiene el efecto en el que la escribe de dejar las cosas urgentes en el paragüero y centrarse en las cosas importantes, en las que de verdad le mueven y le conmueven. De alguna forma es terapéutico para estar de vuelta en casa. Yo soy un hijo de la ría que vive en Madrid y escribir me permite estar en mi tierra, escuchar las gaviotas y oler la baja mar. No creo que haya una única razón pero si sé que escribo por placer, porque me gusta andar el camino, soy enormemente frágil e inseguro pero aún con esas inseguridades y fragilidad disfruto mucho de mi oficio y no me cambio por nadie.

—¿En qué está trabajando ahora?

—Tengo una novela con Leo Caldas a medias. Estamos intentando descubrir qué ha pasado con unos restos que unos arqueólogos han descubierto dentro de una cueva frente al mar, y estoy también con una obra de teatro que la aparqué el año pasado cuando la tenía terminada y que escribí después de la última novela y que puede que vea próximamente la luz. Y hay un proyecto de una serie de televisión con mis novelas policiacas. Hay muchas cosas en el horizonte y aparentemente todas buenas.

—Sus novelas se han traducido a quince idiomas, alguna se ha llevado a la gran pantalla… ¿De qué manera se gestionan estos acontecimientos?

—Yo soy muy futbolero y soy del Celta y creo que cuando sale al campo agradece que esté lleno aunque eso suponga una mayor responsabilidad. Es mucho mejor encontrarse el campo lleno de expectativa y esperanza, porque de muchos de los lectores no solo obtengo responsabilidad sino que encuentro aliento, y eso es mucho mejor que no tenerlo. De todas formas, la fama de un autor literario es relativa. Estoy profundamente agradecido con los lectores y estupefacto con el hecho de que mis libros se traduzcan, de que mis historias de un rinconcito del noroeste de España se lean en lugares tan remotos.

 

 

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