Ellas ya escribían, ahora publican

Mantener la literatura de escritura femenina en un cajón aparte amenaza con opacar las peculiaridades literarias de quienes escriben en su conjunto.

No son todas, pero reunimos una muestra significativa de sus trabajos y opiniones. Ya escribían pero ahora publican. Hablamos de ellas, de las que nacieron cuando el sida se anunciaba como inminente pandemia. En Argentina se vivía la derrota de la guerra de las Malvinas. En 1982, mientras Bolivia trataba de pagar los intereses de su deuda externa, Colombia festejaba el Nobel otorgado a García Márquez. A mediados de esa década, México vivió uno de sus peores terremotos y en las noticias se escuchaban las atrocidades de Sendero Luminoso. Los chilenos acudieron a las urnas en 1988 y sacaron del poder a Pinochet. Un año después, la caída del muro de Berlín lanzó polvo hasta Cuba.

Latinoamérica es un vasto espacio geográfico donde abundan las manifestaciones literarias situadas en distintas clasificaciones “especiales” como es el caso de la indígena o la popular y, aunque no debería ir aquí, también se sigue hablando como caso aparte de la literatura femenina. Lo que tienen en común “estas escrituras” es que no responden a los cánones eurocéntricos. Ahora son vistas como fenómenos literarios que no están constituidos única y exclusivamente por el lenguaje. Es probable que la categoría de literatura escrita por mujeres deje de existir en algún punto ya que la literatura escrita por hombres no es una categoría por si misma. Y es que los lectores buscan calidad literaria más allá del género o las identidades sexuales.

Hay que poner especial atención en el momento en el que todo esto comenzó, aunque aún falte mucho por equilibrar. La nueva literatura de cada periodo encuentra su momento, aunque no siempre es en presente. La literatura femenina vive un contexto que exige una nueva relación con quienes la leen. Sus textos ya no se quedan en los cajones de un closet, en las notas de un cuaderno o firmados bajo un pseudónimo masculino. Las mujeres han escrito siempre. Lo que ha cambiado es su participación en la industria editorial como creadoras. Ahora existen libros impresos y digitales que circulan como en ninguna otra época y las escritoras han pasado de ser objetos del discurso a creadoras del mismo.

Autoras en porcentajes

En los libros de texto gratuito mexicanos asoma la casi imperceptible presencia de autoras durante el ciclo escolar 2019-2020. De acuerdo a un análisis realizado por la Universidad Autónoma de México (UNAM) en el Libro de lectura de primer año, únicamente incluye seis textos de escritoras: Rosario Castellanos, Gloria Fuertes, Juana de Ibarbourou, Evangelina Mendoza Márquez, Mónica Tirabasso y Silvina Ocampo. En tanto que treinta y cuatro fueron escritos por hombres. En el segundo año, la proporción empeoró: 14,3 por ciento de escritoras contra 69,6 por ciento de escritores. En años posteriores la tendencia se mantuvo. Otro ejemplo son las antologías de cuentos en lengua española de autores vivos. Editadas por la UNAM, en su primer volumen publica a tan sólo seis autoras contra veinticuatro autores. Para su sexto volumen duplica la cifra a doce mujeres y quince hombres, elevando su porcentaje de participación femenina del veinte por ciento al cuarenta y cuatro por ciento.

En una nota fechada el 8 de marzo del año 2020, el periódico El Informador pone en evidencia que el Fondo de Cultura Económica olvida a mujeres y destaca que en México, durante la actual administración se han editado a 68 autoras y a 240 hombres, lo que arroja una clara desventaja —al menos en sellos editoriales de gobierno— pues sólo un 20,30 por ciento de las escritoras lograron un libro impreso. Este tipo de situaciones siguen siendo la constante en toda Latinoamérica.

Ana Guzmán (Ciudad Hidalgo, 1993) es verificadora de originalidad y mediadora en el círculo de lectura de escritoras. Ha rastreado desde 2016 algunas iniciativas que han surgido con este propósito: crear un registro que no existe en las instituciones académicas de las escritoras latinoamericanas en activo, es decir aquellas que publican. En ese sentido, “el hecho de que esos registros sean gestionados por lectoras y profesionales de la traducción, la literatura, la promoción cultural, habla de dónde surgió esta inquietud y de la resistencia que hay todavía a revisar e incluir la literatura escrita por mujeres en la academia y otras instituciones”. La dibujante, escritora y editora mexicana Abril Castillo (Morelia, 1984) comparte la necesidad de la academia, de una maestría de escritura creativa para encontrar e impulsar nuevas plumas. Valora también “la libertad que otorga autopublicar y la proliferación de editoriales independientes”.

Al referirnos al libro como producto cultural, que aspira a ser leído, la escritora colombiana Margarita García Robayo (Cartagena, 1980) opina que “si un libro sale, debe estar bien distribuido de manera que quien quiera comprarlo lo consiga y no se le haga una expedición ardua encontrarlo”. La autora de Lo que no aprendí afirma que la preocupación de si se venden más o menos alcanza el tema de la reedición o de la muerte del libro en una bodega, donde las publicaciones expiran en el olvido.

En México existen tres proyectos que se encargan de registrar, difundir y dialogar con escritoras en activo: Mapa de escritoras mexicanas, Escritoras MX y Hablemos Escritoras Podcast. En palabras de Ana Guzmán “estas iniciativas gestionan y leen a las escritoras desde una mirada crítica, no solo visibilizan por visibilizar”.

Al respecto, la escritora cubana Dainerys Machado (La Habana, 1986) no se anda con rodeos: “Tenemos que ser críticas con nosotras mismas, alejarnos del maternalismo y evitar construir redes que solo sirvan a nuestra conveniencia. Es verdad que a veces es duro separar el cariño de la admiración literaria; pero creo que es un deber. No mentir en las reseñas que escribimos de los libros de otros colegas es un buen inicio, esto aplica para todos, no solo para nosotras”.

Abandonar los mitos que han mantenido a las mujeres alejadas no de la palabra y la escritura, sino de la publicación, no ha sido nada fácil. Firmar con sus nombres, escribirse y leerse desde el centro del discurso y no desde la periferia, ha sido un largo recorrido, un maratón que iniciaron las pioneras que construyeron el camino, las nacidas en otro siglo y desde cada país del continente.

Maru Leonhard (Buenos Aires, 1983) habla de lo poderoso que resulta la puesta en palabras de un cambio de paradigma. “Tal vez no es algo tan evidente, pero siempre que hay una mujer escribiendo, hay un mandato que quiere romperse, una barrera que quiere traspasarse”.

Una habitación propia

“Hay muchos desafíos que debemos enfrentar las escritoras y editoras que escribimos en español y en cualquier otro idioma”, comenta Claudia Aplabaza (Rancagua, 1978), escritora y editora en Los Libros de la Mujer Rota. Para ella, lo más importante es mantener la constancia de la escritura y edición. “La precarización de la vida es cada vez más brutal, entonces, hay muchas que renuncian, que se frustran o simplemente no tienen tiempo para seguir escribiendo”.

Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981) es una escritora y editora boliviana, vive de dar clases, colabora en distintos medios y piensa que desde hace un tiempo ya, las mujeres tienen una “habitación propia” en el sentido de que han ingresado a la esfera pública como trabajadoras y asalariadas; lo que el feminismo está discutiendo y problematizando es esa otra jornada laboral invisible e impagada de la que aún no nos hemos podido librar, que tiene que ver con las tareas de cuidados.

En el verano del 2013, Dainerys Machado viajaba en una “guagua” de su casa en el Cerro a La Villa Panamericana, una zona residencial que está en las afueras de La Habana. “Apretujada, sudando y con un hueco en el estómago pensé que no podía vivir más en aquellas condiciones, donde costaba trabajo hasta conseguir un libro en la biblioteca”. Esta realidad reduce la libertad de mujeres, ya no se trata solo de tener esa “habitación”, sino de que el costo de mantenerla es elevadísimo.

Claudia Aplabaza insiste en que una vez superado el reto de la habitación propia vienen los desafíos inherentes del oficio. “Para las mujeres siempre es más complejo por haber sido subordinadas a un lugar ajeno a los discursos dominantes y al poder de los grandes grupos económicos. Esto es en definitiva lo que determina gran parte de estas posibilidades de edición y difusión, que son temas importantes y que poco a poco hemos ido sorteando con prensa alternativa y otros modos de difundir los libros”.

Y es una realidad que la mayoría de las escritoras no viven de sus publicaciones, las regalías son insuficientes. “Mi trabajo es escribir, sí, pero hay una serie de cosas que orbitan el oficio: dar clases, charlas, talleres, hacer prólogos, contraportadas, artículos. Ahora también escribo guiones para proyectos puntuales, pero sí vivo de escribir”, explica García Robayo.

La apuesta: mujeres en las independientes

Publicar con una editorial independiente es implicarse en un proceso humano, personal, que si bien traslada modelos de la industria del libro a la hora de divulgar las obras se esmera en nivelar la productividad y la calidad. Por el año 2005, Jennifer Thorndike (Lima, 1983) recuerda que en Perú las editoriales independientes apoyaron el trabajo no solo de las autoras sino de todos los talentos jóvenes del momento. Para la autora de Antifaces fue clave: “Muchas escritoras nacidas a principios de los ochenta tuvimos la oportunidad de publicar por primera vez y después, como me ocurrió a mí, dar el salto a una editorial más grande, como Penguin Random House. Sin las editoriales independientes, mi carrera no habría existido”, asegura. Al respecto Liliana Colanzi subraya que las editoriales independientes son las primeras en apostar por voces nuevas y en atreverse a lanzar propuestas arriesgadas, pues son las que verdaderamente hacen el trabajo hormiga de dar a conocer una obra.

Visibilizar el desarrollo de una tradición importante de narradoras nacidas en los ochenta ha sido un trabajo de editoriales emergentes que suponen algo que va más allá de un gesto de rebeldía. La calidad literaria de estas escritoras es innegable, la escritura femenina no es solo eso, sino que está en plena conciencia del oficio narrativo, contribuyendo al desarrollo de la literatura sin apuntes de género o de cualquier otro tipo.

Abril Castillo cuenta que Tarantela, su primer libro, fue una experiencia de mucho valor y aprendizaje, reconoce que fue ideal hacerlo con Antílope ya que pone especial atención en los detalles y en el cuidado editorial.  “Tuve dos editores maravillosos, Jazmina Barrera y César Tejeda, con quienes trabajé más de un año en el manuscrito. Fue un gran trabajo en equipo y eso es lo que más me gusta de las editoriales independientes. Todo a favor de ellas”, manifiesta.

“Haber editado en Compañía Naviera Ilimitada fue un privilegio”, señala Maru Leonhard. Añade que la ventaja principal de trabajar con una editorial independiente es el trato cotidiano y de a pares con sus editores. Leonhard es consciente de que uno de los grandes problemas a la hora de publicar es la distribución nacional de los ejemplares, en especial si eres una autora desconocida y publicada por primera vez. El siguiente paso es más complicado, aunque no imposible: entrar al mercado literario internacional.

Existe un público lector que ya no es minoría y privilegia al sector independiente del libro. “Me parece que las editoriales grandes han tomado nota de esto y han lanzado iniciativas que ponen en la escena, simultáneamente y en distintos países, a autores no tan conocidos por fuera de sus localidades”, agrega Margarita García Robayo. 

Por su parte, Claudia Aplabaza señala la importancia de encontrar esas recomendaciones en editoriales independientes de cada país y ver qué mujeres están publicando. Pero reconoce que es fundamental hablar con libreros, acercarse a pequeñas librerías, dialogar con editoras latinoamericanas. “En especial pienso en las propuestas de las editoras y escritoras Liliana Colanzi, Jazmina Barrera, Magela Baudoin”, añade.

Insuficientemente leídas

El poder revolucionario del discurso literario femenino tiene que ver con la relación que se establece entre una escritora y sus lectores. La literatura escrita por mujeres en el continente americano y en idioma español, ya no solo supera las normas del deber ser femenino, se enfoca en la expresión, en la búsqueda formal y en nuevas construcciones de su realidad narrativa, poética o ensayística.

Al tocar el tema de las madres literarias o de las influencias de esta generación de escritoras latinoamericanas, Claudia Aplabaza separa pertinentemente el espectro: “Creo que hay madres de distintas generaciones, pero sí hay un diálogo muy potente con Diamela Eltit, Margo Glantz, Clarice Lispector, Rosario Castellanos, incluso Gabriela Mistral y mucho más joven aún, con las escritoras Guadalupe Nettel y Gabriela Wiener”, opina. Maru Leonhard menciona sin orden de preferencia autoras como Mariana Enríquez, Ariana Harwicz, Selva Almada, Samantha Schweblin, Sara Gallardo, Aurora Venturini, Leila Guerriero y María Gainza.

Liliana Colanzi reconoce que ha sido gracias al trabajo persistente de muchas y muchos que hoy se está volviendo a leer a Marvel Moreno, Pilar Dughi, Amparo Dávila o Hilda Mundy. “Por ejemplo, hace poco se publicó la antología Vindictas, editada por Socorro Venegas y Juan Casamayor, que recoge los cuentos de escritoras latinoamericanas del siglo XX que fueron olvidadas, y Gloria Esquivel lanzó Dinamita, un libro sobre mujeres rebeldes en la Colombia del siglo XX. Hay más conciencia de que debemos revisar críticamente la tradición para ver qué escritoras fueron borradas y por qué, y ese es un trabajo del que se están encargando sobre todo escritoras y críticas, acompañadas por editoriales independientes y estatales.”

Tener acceso masivo a textos escritos por mujeres es reciente. Ser escritora, representarse a sí misma y a otras en sus relatos es el principio de lo que más adelante será una experiencia que una lectora vivirá de otra forma. Ese mirarse de cerca, recorrer con los ojos un texto y encontrar una mirada desde un cuerpo y conciencia similar a la propia es algo reciente. En ese sentido, para Abril Castillo “es emocionante que haya tantas mujeres publicando y que la obra de mujeres sea más accesible y tenga una voz más escuchada es lo diferente”.

La única recomendación de Maru Leonhard es leer mucho. “Leer para confirmar el gusto, leer para modificarlo. Y luego compartir. Pocas cosas me gustan tanto como recomendar libros entre amigas y amigos y a su vez recibir recomendaciones. Luego, más a nivel formal, creo que hacen falta publicaciones donde aparezcan nombres nuevos, narrativas nuevas, voces que antes no se oían”.

Jennifer Thorndike le pide al lector “que se atreva a leer algo que no conoce. Para descubrir nuevas voces hay que ver las portadas y leer las contras, ya sea en impreso o electrónico. Lo importante es llevarse el libro, darle una oportunidad”. Ana Guzmán no pierde de vista que si seguimos leyendo a las escritoras de forma aislada, como una especie de optativa, o peor aún como una minoría, “será más complicado que un día haya en los libreros, programas de estudio, coloquios, tesis o lo que sea de más autoras que las que siempre se mencionan”.

El cuerpo, la violencia, la migración, el planeta y la memoria

En 2019, Liliana Colanzi editó una antología de ensayo feminista titulada La desobediencia, que convocó a diez escritoras bolivianas para explorar su relación con la escritura, el feminismo, el cuerpo, la violencia de género u otros temas que les interesara abordar. Como editora en Dum Dum editora, me interesa recuperar los libros de autoras de décadas pasadas que por diferentes razones fueron olvidadas; tal es el caso de Sara Gallardo y María Virginia Estenssoro.

Ana Guzmán señala que la constante aparición del cuerpo responde a eso, a una necesidad de analizar esos discursos y, al mismo tiempo, contradecir la mirada masculina que escribió en torno al cuerpo femenino durante mucho tiempo. En tanto Abril Castillo es concluyente al respecto, “me parece que los grandes temas y las obsesiones son quizá los mismos temas humanos que le importan a todos los seres humanos”.

Los temas de Maru Leonhard pasan por preguntas para sus personajes, ¿de qué se sostienen para no caer para siempre? A la autora de Transradio le obsesionan la memoria y los recuerdos. “Me interesan los vínculos familiares sobre todo, las amistades, los límites de las amistades. La forma en que una se cae y se aferra de algo para levantarse. Me preocupa también el hecho de ser mujer y todo lo que implica. Lo que se espera de una mujer, las libertades que tenemos y aquello de lo que no podemos escapar”, dice.

La exploración temática de Margarita García Robayo va en otro sentido tiene que ver con la dificultad de sentirse parte, bien sea de un tiempo, de una geografía, de un movimiento, de un sistema de afectos. “La escritura es mi mecanismo para intentar subvertir o cuestionar las cosas que están dadas por ciertas, porque en general me siento incómoda con las certezas y con lo instituido. La escritura es mi resistencia”.

La escritora de Las noventa habanas se confiesa apasionada de la crónica, a menudo, Machado se descubre escribiendo sobre política latinoamericana. “Lo que sí puedo afirmar es que Cuba es mi tema predilecto. La literatura cubana, los autores cubanos, la actualidad cubana me ocupa mucho. Mi experiencia es la de una cubana migrante, que trata constantemente de entender el mundo y de entenderse ella misma en ese mundo a través de la escritura”. Claudia Aplabaza establece que como escritora, las temáticas son múltiples, “creo que hay una especie de politización de temas más íntimos, menos globales. Por ejemplo, pienso en la politización de la maternidad, de los temas familiares, del cuidado del medio ambiente, de la muerte”.

La generación hispanoamericana que cierra brechas y abre posibilidades

Mantener la literatura de escritura femenina en un cajón aparte amenaza con opacar las peculiaridades literarias de quienes escriben en su conjunto. Esta nueva generación de escritoras latinoamericanas no pretende compararse o sustituir el espectro del llamado “boom latinoamericano”, aquel alumbramiento de otra época, con temas y cualidades literarias de su tiempo.

Este es el comienzo del primer año de la segunda década del siglo XXI, que arrastra un ánimo pandémico que tardará en disiparse. La nueva generación de escritoras se mantiene en pie de igualdad con ellos, que siempre han publicado. Ellas van encontrando su lugar, desempeñando el oficio de escribir y trabajando con la misma materia prima que ellos, en condiciones diferentes —todavía dispares— pero construyendo un catálogo propositivo, insurrecto y diverso.

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