El libro después de la tormenta

La tactilidad del papel y la cercanía de las librerías como nuestros más queridos salones de estar no son incompatibles con los caudalosos beneficios que la tecnología nos ha traído y nos seguirá trayendo. 

MANUEL MATEO PÉREZ

Qué habría sido del confinamiento, de las crisis y sus consecuencias de no existir la tecnología? Hemos tenido la inmensa fortuna de que, dentro de la desgracia, el progreso ha avanzado lo suficiente como para aliviar las trágicas consecuencias que la pandemia ha traído consigo. La tecnología ha permitido que nos descarguemos libros que hemos leído en la comodidad del hogar, que estemos comunicados, informados, protegidos. Ha permitido, además, que la economía no se paralice del todo, sino que parte de la industria del libro continuara adelante con fórmulas que hasta hace escasos meses le eran del todo ajenas. Digámoslo una vez más: La tactilidad del papel y la cercanía de las librerías como nuestros más queridos salones de estar no son incompatibles con los caudalosos beneficios que la tecnología nos ha traído y nos seguirá trayendo. 

Las editoriales que mejor han sabido adaptarse a la crisis han sido aquellas que desde el primer día de reclusión establecieron un efectivo sistema de trabajo remoto. Fueron conscientes de que el futuro iba a ser duro y planificaron un escenario financiero a medio y largo plazo que pasaba por un control de gastos, una comunicación temprana con sus distribuidoras para asegurarse el pago de las facturas de los últimos meses, una negociación con las entidades bancarias para tratar de atrasar lo máximo posible el abono de deudas periódicas y abrir nuevas líneas de crédito con amortizaciones a largo plazo y una (dolorosa) necesidad de sumarse a los ertes autorizados por el gobierno tras la declaración del estado de alarma. 

Las librerías estaban cerradas, las bibliotecas estaban cerradas, las distribuidoras estaban cerradas, las calles también. Pero las autopistas de internet estaban más abiertas que nunca. Los más avispados abrieron una doble vía de negocio: Ofrecieron gratis algunos de sus títulos —el lector respondió descargando solo aquello que iba a leer (ir a páginas 26 y 27)— y levantaron de la noche a la mañana plataformas e-commerce (las empresas de logística no cerraron: ¡Que se lo digan a Amazon!) para tratar de salvar, aunque solo fuera un mínimo porcentaje, las ventas habituales del mes. El confinamiento, además, llegó en el peor momento. En marzo y abril, a las puertas de las grandes ferias y del anuncio de los más señalados lanzamientos, el negocio frenó en seco. 

Hoy las editoriales saben que ya no es posible planificar a más de un año. En la actualidad y con la que está cayendo lo sensato es planificar a corto y a muy medio plazo. El retorno de beneficios ha de ser inmediato. Pocos títulos, tiradas ajustadísimas, una distribución más selectiva, una publicidad directa que no disperse el poco presupuesto que tenemos para este capítulo y una labor puerta a puerta, boca a boca, oído a oído para que nuestros parroquianos más fieles no nos abandonen en horario de misa. 

Es hora de estar despiertos, de agudizar el ingenio, de echar mano de la imaginación más atrevida. En un mundo tan dúctil como la industria del libro nada es imposible. Es necesario disponer de información de primera mano. No hay que acomplejarse a la hora de preguntar. Debemos saber qué hacen nuestros competidores, pero no solo en España sino en otros países de nuestro entorno donde están poniendo en práctica atrevidos cambios de paradigma. ¿Qué funciona hoy día? ¿Lo sabemos? ¿Lo intuimos? Hagámoslo entonces. 

En estos tiempos es una obligación cuidar a los autores, el mayor tesoro de la industria del libro. No olvidemos que las librerías, las editoriales, las distribuidoras, los agentes y todos los gestores, consultores y profesionales vinculados con ella solo son intermediarios que aman su trabajo y buscan un beneficio económico a su empeño. Dicho de otro modo: En el universo de la palabra, sintetizándolo hasta su última expresión, solo se necesita a un autor y a un lector. 

Pero no solo es tiempo de cuidar a los autores. Las crisis económicas no deberían replegarnos en la comodidad del nido, sino aprovecharnos del talento de los equipos que hemos creado, confiar en su ingenio y delegar responsabilidades en aquellos que han demostrado mayor valía.

Es hora, además, de mirar en la trastienda. Los catálogos, el verdadero valor de todo sello, puede esconder una tabla de salvación. Aquel libro que hace años no funcionó pueda ahora tener una segunda vida en función de los nuevos tiempos, las nuevas necesidades, los nuevos placeres. Un ejemplo es la recuperación de los grandes clásicos que muchas editoriales comenzaron a acometer en pleno confinamiento. En tiempos de crisis no hay mejor puerto que aquel que nunca falla.

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