El editor ante el editor

Un metro cúbico de cartas de Herralde con el mundo

“Jorge ha sido inquisitivo, quisquilloso y vigilante de principio a fin”

Todo arrancó en la mesa de un restaurante, como tantas otras veces, junto a Jorge Herralde, Lali Gubern, Silvia Sesé e Isabel Obiols, aunque al principio todo pareció una empresa impracticable, inviable o al menos inverosímil: cincuenta años de correspondencia y documentación se volverían inmanejables. Sin embargo, la determinación de Jorge Herralde y, muy en particular, de Lali Gubern, su pareja en los últimos cuarenta años, hizo posible la reproducción, en más de un metro cúbico de cajas de fotocopias, del archivo histórico de la editorial y la correspondencia del último medio siglo con escritores, con agentes, con periodistas y con multitud de otros colegas. Fue la primera (y única) condición que puse para navegar a solas y sin rumbo fijo por el ingobernable océano de papeles conservados en la editorial desde 1968 y progresivamente ordenado por Susana Castaño y Pepi Bauló.

No se hizo la luz sino todo lo contrario: creció una profunda e interminable oscuridad que solo con los meses y las múltiples cribas de materiales fue tomando cuerpo en forma de archivo escogido de las cartas que marcaban los pasos históricos de la mejor editorial literaria de la democracia española, y una de las mejores del ámbito hispánico. La áspera militancia política y el hedonismo literario estaban ya ahí desde el principio, pero solo desde los años ochenta cuajó la ambición de un editor que descubrió en la ficción nacional e internacional, en el ensayo y el periodismo de calidad otra forma de revolución más profunda, más ambiciosa y más permanente que el alegato rupturista o el aspaviento furioso.

Un metro cúbico de cartas daba para muchas cartas, pero no hubo la menor angustia para seleccionar el puñado de papeles que al final aparecen en el libro: cartas brillantes, explícitas, a veces coquetas, a veces airadas y a veces incluso confidenciales, pero siempre ejecutivas y escritas a menudo a la carrera. Jorge Herralde no es el mismo al principio del libro, hacia 1968, y al final, hacia 2000, y tampoco fue lo mismo la Anagrama guerrillera del principio y la Anagrama canónica del final. Alguien podría incluso preguntarse si Herralde ha sido inquisitivo, quisquilloso y vigilante con la fabricación del libro, con sus cartas y con mis textos, y nada más lejos de mi intención que mentir al posible lector: Jorge ha sido inquisitivo, quisquilloso y vigilante de principio a fin, mientras exprimía sin desmayo su más exquisita cortesía británica y su conocida y virtuosa tenacidad: un auténtico placer.

Jordi Gracia es ensayista y catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona. Ha sido el editor de la correspondencia de Herralde.

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