Crisis permanente y ebullición constante

El mercado argentino acusa una abrupta caída: Menos ventas, menos producción, empleos precarizados, exigua rentabilidad

La pandemia del covid-19 generó una crisis mundial en lo económico, social y cultural. Eso no es novedad para nadie a esta altura. Para Hispanoamérica y en particular para Argentina es una nueva crisis, una crisis más. Por estas tierras estamos acostumbrados a este escenario. Vivimos en crisis permanente. Más grandes, más chicas, con pequeños valles de algo que podríamos llamar estabilidad que casi no sabemos reconocer por lo efímeros que resultan.

El mercado editorial argentino viene desde 2015 en una abrupta caída. Menos ventas, menos producción, empleos más precarizados, rentabilidades más exiguas…  Esta crisis se instala sobre un proceso de incertidumbre y cambio que el sector editorial mundial viene experimentando desde hace décadas de la mano de las innovaciones tecnológicas y los cambios que estas generan a varios niveles: comerciales, productivos, de consumo. Y, sobre todo, en los cambios psicológicos/mentales que generan en cada uno de nosotros.

El 2020 y su pandemia llegó en un momento de gran fragilidad y una de las cosas que produjo fue transparentar y visibilizar el estado de la cuestión. Y acelerar la necesidad de respuestas.

Crisis sobre crisis sobre crisis. Crisis al cubo.

El informe de la Cerlalc sobre la pandemia destaca algunas carencias y debilidades del sector que la crisis del coronavirus pone de manifiesto y hace cada vez más urgente encarar: Tiempo de atención cada vez más escaso con más competidores por ese tiempo. Modelo de negocio cada vez menos sustentables. Espacios de visibilidad escasos para la cantidad de títulos producidos. Novedades que reemplazan novedades y menor cantidad de reimpresiones. Tiradas cada vez más pequeñas (y yo agregaría: logística cara e ineficiente). Falta e inexistencia de datos confiables. Falta de sistemas y métodos de organización e intercambio de información.
Algunas de estas debilidades son las mismas para todo el sector del libro a nivel mundial. La mayoría para todos los países de Hispanoamérica. Todas para el sector en Argentina. Esta acumulación de crisis hace cada vez más urgente comprender, abordar y resolver estos puntos. ¿Puede resolverlo de forma autónoma el sector del libro? ¿Cuál es el rol del Estado? ¿No hay solución integral y cada actor debe intentar acomodarse como pueda? ¿Es inevitable la acentuación del doble proceso de concentración y atomización que viene desde hace décadas?
Argentina no cuenta con políticas de Estado sostenidas, ni estrategias del propio sector para ni siquiera abordar estos temas. Pero sí cuenta con una enorme tradición cultural y editorial que resiste (no siempre con éxito) y, lo que es más maravilloso y sorprendente, una mágica ebullición de un gran número de actores que con esfuerzo y pasión, distintos grados de profesionalismo y distintos objetivos y resultados, hacen frente a las dificultades desde una enorme precariedad. Esta ebullición constante, que se instaló con el nuevo milenio (los años noventa pintaban un panorama completamente distinto), renuevan el escenario editorial argentino y lo muestran totalmente vivo.

Nuevas editoriales, nuevas ilusiones

En los últimos veinte años han aparecido cientos (sí, cientos) de nuevas pequeñas editoriales de todo tipo, que no dejan de proponer estéticas y discursos diversos, y de tomar riesgos, cada una al nivel de sus posibilidades, valentía y ambición.

También aparecen nuevas librerías, con libreros inquietos, que se esfuerzan por encontrar cada resquicio existente y aprovechar cada recurso disponible para tratar de llegar a los lectores de forma activa, resignificando el trabajo del librero como recomendador y el lugar de la librería como centro constructor de comunidad. Muchas veces de forma virtual y, en el mejor de los casos, también en espacios físicos.

Otras tendencias de los últimos años son el surgimiento de nuevas formas para los clubes de libros y suscripciones literarias que, en algunos casos, tienen varios miles de seguidores; la proliferación de infinidad de grupos de lectores que se juntan para compartir las mismas lecturas y se organizan en grupos, cada uno con lógicas y características propias, apoyados muchas veces en la virtualidad, aunque no siempre; la consolidación de otras formas de comunidades lectoras que se reúnen en redes sociales específicas para los libros y la lectura como puede ser Goodreads o, simplemente, en torno a una red de cuentas de Instagram donde los propios lectores producen sus reseñas, comentarios e intercambios de formas más espontáneas.

Todas estas tendencias se vieron reforzadas durante el 2020. Quizá la pandemia aceleró los tiempos de algo que de todos modos iba a ocurrir. Quizá la pandemia, al disminuir la capacidad de acción de los actores más grandes, exageró estas tendencias preexistentes y haya camino a desandar. No lo sé. Pero lo que sí me parece claro es que hay necesidades insatisfechas en torno a los libros: necesidades de otros discursos y estéticas, de otros modos de llegar a ellos, de otros modos de recibir información, de participar, de relacionarse, de formar comunidad. Y los lugares a ocupar ya no son tan estancos, ni fijos. Son más cercanos, dinámicos y requieren una actitud siempre activa.

Buenos Aires, ciudad capitalizadora

Argentina es un país completamente desbalanceado en la distribución de la actividad en torno a los libros (y a muchas otras cosas, por supuesto). Por ejemplo, más del 70% de las librerías y editoriales se encuentran en la Ciudad de Buenos Aires y sus suburbios. Así y todo, a lo largo del país se desarrollan más de quinientas ferias y festivales literarios al año. Ferias nacionales, provinciales y municipales. Cada una con sus propias características y niveles de convocatoria. Algunas se tratan de ferias de editores, otras de libreros, otras organizadas por universidades, organizaciones culturales o por los estados. Si a estos encuentros se suman otros más pequeños organizados por infinidad de colectivos culturales, no sería difícil llegar a contar más de mil, seguramente.

Los problemas estructurales marcados en el informe siguen ahí, pero también está ahí toda esta efervescencia.

Sin dudas, el evento más tradicional y reconocido del mundo del libro en la Argentina es la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, una de la más antigua de la región, que por primera vez en cuarenta y cinco años no pudo llevarse a cabo en 2020. Aunque es una feria principalmente orientada a los lectores y más de un millón de personas la visitan cada año a lo largo de veinte días para asistir a cientos de actividades literarias y ver y comprar libros en los stands de un gran número de editoriales locales y también latinoamericanas y españolas, cuenta con unas jornadas profesionales que se han convertido en el momento ineludible de encuentro anual para los editores, libreros y distribuidores de todo el país. Y la oportunidad de recibir a profesionales de toda la región hispanohablante.

En 2020 la Fundación El Libro, responsable de su realización, ante la imposibilidad de realizar la feria, apeló a compartir contenidos de forma digital para no desconectar totalmente con sus miles de asiduos visitantes. Y, sobre fin de año, realizó una pequeña feria en un parque de la Ciudad de Buenos Aires, que fue el primer encuentro presencial del sector, luego del inicio de la pandemia.

Otro evento ya clásico es el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires que tuvo su primera edición en 2008. Y viene creciendo y ramificándose en festivales nacionales, festivales de literatura infantil, actividades en escuelas y algunas experiencias internacionales en Montevideo y Santiago. En 2020 tuvo una edición completamente virtual. Obviamente se perdió lo lindo de ver y escuchar a los escritores en persona, y la infaltable salida posterior para charlar y tomar algo con amigos, como cuando uno va al cine. Pero la versión online ganó en la posibilidad de contar con mayor cantidad de autores internacionales de todas partes, ya que las posibilidades de agendas y presupuestos al no haber pasajes ni hoteles se flexibilizaban bastante. Participaron 130 escritores y artistas nacionales y 63 internacionales, entre ellos Mircea Cărtărescu, Alejandro Zambra, ​Raúl Zurita, Vivian Gornick, Siri Hustvedt, Joyce Carol Oates, Sharon Olds, Guillermo Arriaga y Mathias Énard para nombrar solo algunos.

El Foro del Chaco, Corrientes y la Feria de Editores

El Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, o “Foro del Chaco” como se lo conoce, es uno de los encuentros más queridos y emocionantes (todos los que han ido logran contagiar ese entusiasmo al menos). Organizado por la fundación del escritor Mempo Gardinelli desde 1996 logra una vez al año que todo el mundo de la literatura infantil de Argentina (y más allá) esté pendiente de lo que ocurre en esa provincia del norte del país.

La ciudad de Buenos Aires tiene en la Avenida Corrientes “la calle de las librerías”. En diez cuadras, desde la calle Junín hasta el Obelisco, se emplazan más de veinticinco librerías (en su mejor momento llegaron a haber cuarenta) de todo tipo: librerías de nuevos, librerías de usados, librerías especializadas, librerías de saldo. Estas diez cuadras funcionan como el epicentro de “La noche de las librerías”, festival al aire libre que ya lleva catorce años y en la últimas ediciones contó con más de cien actividades y decenas de miles de asistentes que recorren estas cuadras para ver a sus escritores preferidos y comprar libros hasta después de la media noche.

Dejé para el final el encuentro más reciente de todos los que mencioné: la Feria de Editores o FED. Empezó en el año 2013 en el pequeño salón del bar de una radio cultural del barrio de Almagro con veinte editoriales que ofrecieron sus libros a no más de trecientos interesados que pasaron a lo largo de una jornada. En su cuarta edición el lugar ya no dio abasto y a partir de ahí, año a año, los organizadores tuvieron que buscar un lugar más grande para poder incorporar a más editoriales y contener a los asistentes, siempre en aumento. En sus últimas ediciones reunió a más de 250 editoriales independientes, principalmente del país, pero con creciente participación de editoriales de otros países de la región. El 2019, su última edición presencial, los asistentes fueron más de quince mil, que no solo pudieron visitar los stands de venta de libros sino que pudieron asistir a varias actividades en los tres días de duración de la feria. Además de su crecimiento en público y expositores, la feria ha sabido reinventar el espacio para incorporar a otros actores del mundo del libro como bibliotecarios y libreros y ha abierto un espacio profesional con invitados internacionales, reuniones de negocios y cursos.

El 2020 con la imposibilidad de hacer un encuentro presencial, quizá el punto más fuerte para una actividad como esta, se exploró una modalidad virtual a través de las redes sociales, donde cada editor hacía un vivo para “recibir” a los asistentes. Hubo entrevistas a escritores, charlas por chat y monólogos embarazosos, pero creo que la experiencia fue apreciada por la mayoría y muy productiva. Las venta y envío de los libros a las casas de los lectores (estábamos en plena cuarentena) se hizo con la asociación de cada editorial con una librería. Esto también fue una experiencia enriquecedora. Lo más lindo que tiene la FED es que se trata de un encuentro de lectores, de amantes de los libros, de uno y otro lado de las mesas.

Todos estos encuentros y proyectos con más o menos trayectoria, con estrategias más o menos tradicionales dan cuenta de esa efervescencia de la que hablaba.

Lo único que espero es que la potencia de todos estos actores logre generar el entramado necesario para plantear y encontrar las verdaderas soluciones. Las verdaderas soluciones sociales, económicas y políticas para que el libro y la lectura tengan un rol central en la construcción de una mejor sociedad, con más oportunidades y menos desigual. Y que todas las personas que integran el sector (creadores, productores, mediadores y comercializadores) puedan desarrollar su trabajo en un ámbito menos precario que el actual.

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