Editar, oficio de riesgo

Sublimamos el papel de los editores españoles y europeos. ¿Cómo calificaríamos entonces el trabajo de los editores centroamericanos? Aquello sí es un oficio de riesgo en una región de baja producción, piratería, escasos índices de lectura y cierre constante de librerías.

Editar es un verbo que en determinadas regiones del mundo conjuga mal o nunca. Si los editores españoles aseguran que su trabajo es más propio de héroes que de personas ¿qué superlativos tendrían entonces que utilizar sus colegas centroamericanos? ¿Qué verbos cabría elegir en países como Guatemala, Nicaragua, El Salvador u Honduras, estados que no han hallado un norte y cuyos índices de pobreza, inseguridad y niveles de corrupción figuran entre los más altos del planeta? Editar allí es una novela épica, el argumento que un escritor despierto convertiría en una lágrima modernista a lo Rubén Darío. Imagínenlo: Editar allí es una carrera de obstáculos, no hallar las herramientas que en cualquier otra parte del mundo hacen fácil nuestro trabajo, contar pliego a pliego el papel suficiente para tiradas cortas, rogar que esos días la imprenta no vuelva a fallar, fijar un precio por debajo de lo que en realidad cuesta a fin de asegurarse de que los gastos, al menos, lleguen a cubrirse, distribuir con el carro del amigo a las pocas librerías que resisten con la misma entereza que ellos, promocionar como lo haríamos hace décadas, barrio a barrio, calle a calle, casa a casa. Y jugársela si lo que editamos pone en cuestión aquello que nos intimida y nos machaca. No debe de ser una tarea fácil…

Cuando los editores del XIX decían que su oficio era el más bello del mundo sabían de lo que hablaban. Si queda aún algún mohicano capaz de enarbolar esa máxima es probable que los encontremos al otro lado del océano. Pese a la adversidad que condiciona su trabajo, el editor centroamericano sublima su día a día con idéntica o mayor pasión a como lo hacen sus colegas españoles y europeos. Frente a los problemas hay más satisfacciones al otro lado de la moneda que les empuja a perseverar en lo que hacen. Hace años, en Honduras, uno de aquellos mohicanos me decía en Tegu que no había mayor satisfacción que sacar a la luz el trabajo callado, invariable y concienzudo de un escritor o una escritora que había invertido sus años, su esfuerzo y su frágil economía en terminar una novela o un ensayo: “¿Qué se debe hacer con ese material si encima está bien escrito? Un editor serio no tiene mayor obligación que publicarlo, sean cuales sean los problemas que encuentre en su camino”, repetía con insistencia. 

Recordé aquella conversación cuando trabajábamos en el reportaje que el poeta Gerardo Guinea Diez ha escrito para este número de Publishers Weekly en Español. Lo ha titulado Las palabras ven y adelanta los problemas a los que tiene que hacer frente la industria del libro en aquella región: reducción de las cifras de producción, incremento de la piratería, bajos índices de lectura, carencia de infraestructura bibliotecaria y cierre de librerías. Como para disuadir al más optimista. En cambio, la salud de las editoriales que Guinea Diez ha entrevistado dan muestras de todo lo contrario. Junto a sus palabras hemos incluido un catálogo con los títulos más apreciados. Yo de ustedes lo leería con atención porque además de grandes relatos, de novelas y ensayos llenos de sensibilidad, actualidad y talento late entre las líneas de esos textos el empuje de escritores, libreros y bibliotecarios que no están dispuestos a cejar en su empeño. Y sobre todo de editores, los verdaderos héroes de esta película con final incierto.  

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